He escuchado cuarenta veces en las últimas veinticuatro horas la frase "qué rápido se pasó este año". Cuando chico, un año me parecía una eternidad. Terminaba un verano, empezaba a llover, había que ir al colegio y parecía que quedaba una eternidad para volver a tener días con sol y libertad. En cambio ahora es simplemente un ciclo, que sabes que se va a repetir porque uno nunca piensa que se va a morir ni nada de eso. Ahora la vida tiene que ser rápida. Es la dictadura de la rapidez. La promesa de que se pasa mejor apretando el acelerador. Yo igual soy sistémico y lo creo. La lentitud apesta. La lentitud es para cuando eres chico y todo te sorprende, o viejo y nada lo hace. Y como soy mitad chico y mitad viejo, el 2005 se me pasó lentísimo y no puedo decir la frase de marras.
Se lo comenté a mi madre y me dijo "es que no hiciste nada, por eso se te pasó lento". Pero yo creo que hice cosas. Pocas, y concentradas en el segundo semestre, pero las hice. Cosas que hace tres o dos años no habría hecho. El otro día la Coni me mandó un test -que pensé en publicar acá, pero luego me dio un ataque de pudor express y desistí- en el que tenía que poner, entre otras cosas, qué hacía yo hace diez, cinco, dos y un año. Y me costó encontrar hechos que merecieran ser contados. Es que mi vida es fome. Y esta es la parte donde debiera retroceder el cursor, sacar "es" y poner "era". Pero no estoy para ese tipo de decisiones.
Partí el año haciendo la práctica en una mugre de canal regional que nadie veía. Me tocó trabajar el primero de enero, incluso. Entré, por primera vez en mi vida, a un pabellón del Hospital Regional para sacarle la cuña a la mamá de la primera guagua del año. Así de cliché. Estuve en esas hasta mitad de mes. Exceptuando una semana en Licán, tuve las vacaciones fomes que he tenido siempre. Y chuteé la tesis hasta más no poder. Pensé en hacer un diplomado de guión en Santiago pero después saqué bien las cuentas y desistí. Y dediqué mi primer semestre a bolsearle once a Shó mientras avanzábamos a paso de tortuga en una tesis vinculada a otra investigación, cuyos integrantes nunca nos mandaban las matrices de análisis y los datos a tiempo. Dimos el examen de grado en agosto y me pareció una especie de obra de teatro, escenografía con logo universitario y mantos sagrados para la mesa incluídos, donde unos hacen de profesores examinadores malos y otros de alumnos nerviosos que triunfan en el final con moraleja. Después de dos semanas de burocracia universitaria, partí a Santiago. Primero en una esquina de la pieza de Germán con un saco de dormir y un colchón viejo, luego en una pieza para mí solo. Aprendí a cocinar arroz y tallarines, intenté ser sociable y me di cuenta que el exceso de tiempo libre es dañino. Me fue bien, pero a la vez mal. Volví por la razón que casi todos los que leen este blog saben, y que no es "jajaja, no encontró pega el loser". Y me dediqué a dibujar, a escribir, a leer blogs, a juntarme con amigos que no veía hace tiempo, a afianzar lazos con otros y a mirar tele con actitud de Al Bundy hasta ahora. Eso en resumen. Quería hacer un balance. Mis disculpas si los aburrí. No es todo, pero tampoco falta mucho. Fue un año parecido a otros en el sentido de que la vida me empujó y no yo a ella, pero distinto porque, especialmente ahora último, aprendí cosas que no sabía y que es muy patético no saber a los 23. Lo bueno es que ahora los calendarios y las fechas y las edades y los tiempos perdidos me dan lo mismo. Aunque no tanto como para no hacer un recuento a lo capítulo 138 de Los Simpson. De verdad creo que la gente se programa, conscientemente o no, cuando un año se termina y empieza otro. Aunque sea un burdo número, algo se renueva en el aire. Debe ser la suma de actitudes. Y, como sea, te influye. Y hasta me dan ganas de brindar en la noche en vez de irme a acostar refunfuñando "pero si este año va a ser la misma hueá que el viejo".
sábado, 31 de diciembre de 2005
jueves, 22 de diciembre de 2005
Bendito verano
Son las 4:38 de la madrugada y no tengo una pizca de sueño, aunque me duelen los ojos como si tuviera. No queda mucha gente conectada a MSN. Mis amigos son gente decente que se levanta temprano para trabajar, estudiar o comprar regalos de Navidad para su gente. Acabo de abrir una nueva pestaña para visitar un sitio que ya se me olvidó cuál es. No alcancé a teclear la dirección. Así de mal trabaja mi mente a esta hora. Ñaño me muestra su carrete con unas suizas por webcam. Con la Daniela hablamos de lo fome que es ir a un matrimonio. Mi madre se acaba de levantar para ir al baño. Le pregunto desde acá si se siente mal, me dice que sí y le aconsejo que no vaya a trabajar mañana (en un rato más, mejor dicho), aunque probablemente crean que es una excusa para poder hacer las compras navideñas tranquilamente. Me da tan lo mismo esto de la navidad. Cuando chico la esperaba con ansias, lo que obviamente era causado por la promesa de regalos. Poco a poco se fue apagando la gracia. En todo caso, la navidad es más cool que el año nuevo. Yo siempre me deprimo los años nuevos. Empiezo a pensar en lo logrado y no logrado en el año que se va y el balance me resulta insuficiente.
En la Horizonte tocan In the morning of the magicians y me parece una canción de puta madre para terminar el día. No me gusta lo que dice, pero musicalmente me gusta mucho y es como para irse a acostar de amanecida, caminando hacia tu casa, enfundado en tus audífonos, después de haber estado con gente a la que le tienes cariño y haberlo pasado bien.
Este post como que da lo mismo.
En la Horizonte tocan In the morning of the magicians y me parece una canción de puta madre para terminar el día. No me gusta lo que dice, pero musicalmente me gusta mucho y es como para irse a acostar de amanecida, caminando hacia tu casa, enfundado en tus audífonos, después de haber estado con gente a la que le tienes cariño y haberlo pasado bien.
Este post como que da lo mismo.
sábado, 17 de diciembre de 2005
De mentira
Encontré un cuaderno de 1993 y estoy alucinando y este post parece que va a ser un bad cover version de un post del blog de 20six donde conté lo mismo, allá por el lejano y poco convulsionado 2004. Mi cuaderno es verde y en la primera hoja dice "Ciencias Naturales, JP, 6º Básico B". Tiene como cinco hojas de materia con mi manuscrita letra de ese entonces -de pendejo tuve la costumbre de querer retener las cosas en mi memoria y no en un soporte escrito, lo que me valió retos y malas notas en las infames "revisiones de cuaderno"-, un par de dibujos con lápiz scripto, y después dibujos míos, hechos en las vacaciones. Cuadrados, ciudades de mentira, canales de televisión de mentira con programas inventados por mí que igual eran bien basura ahora que los recuerdo, dibujos de esquinas de mentira con gente de mentira caminando por ahí, todos con vidas de mentira, las que me encargaba de relatar en no más de tres líneas insertas en un cuadradito de apoyo. Rayaba con las calles numeradas y los letreros de esquina. Mataba largas tardes de vacaciones de invierno y de verano dibujando esas cosas y creyéndome dios o algo así, con el poder de hacer desaparecer algo o alguien con una sola pasada de mi goma Factis que olía rico. Después evolucioné, o empecé a anotar la materia del colegio, y tuve que pasarme a blocks de dibujo. Eran más grandes y me permitían hacer que las cosas se movieran. Pero no me duró mucho. Como hasta los 12, máximo. De ahí quise cerrar los cuadernos y abrir la vida. Mala idea, pienso ahora. Nunca dejé que se metieran en mis cosas por miedo a que me pillaran esos cuadernos o esos blocks y no entendieran nada. O me empezaran a preguntar qué significan estas cosas tan raras. La sola idea de enfrentarme a un cuestionario de ese tipo me parecía estresante. Así que boté algunos, exilié a otros en las piezas-bodega del patio y guardé unos pocos, los más queridos, cerca pero lo suficientemente ocultos o protegidos como para no exponerlos. Se me fueron olvidando. Alguien los sacó de mi pieza, los metió en una caja y yo no me percaté. Pese a que siempre guardo todo. Tengo un cajón del mueble lleno de cuadernos: del colegio, de la universidad, comprados porque sí, casi todos de la era pre-internet, cuando tenía proto-blogs en cuadernos o en agendas que me regalaban y no sabía qué uso darles porque no tenía ningún compromiso que anotar. Hurgando ahí fue que encontré el objeto que no me dejó dormir anoche de puro entretenido que estaba. Entretenido con rabia. Rabia porque cuando chico no perdía tanto el tiempo, aunque madres, hermanas, profesores y yo mismo asegurábamos que sí. Y de tanto oír que sí fue que decidí empezar a ganar tiempo y no me di cuenta que lo estaba perdiendo más que antes. No me di cuenta hasta ahora. Ahora que veo a compañeros de colegio o de universidad yéndose a Barcelona o a Buenos Aires o adonde sea, autocomplacidos con sus títulos y sus becas, ganando plata, llenos de optimismo. Y yo sigo acá decidiendo si invento vidas en las hojas sobrantes del cuaderno de Naturales o me pongo una camisa y comienzo a cumplir con lo que todo el mundo sigue esperando de mí. Quizás debería mezclar las dos cosas. Enero promete, ciertas cosas deberían empezar a cambiar en ese momento y no puedo seguir perdiendo tiempo. Y menos creyendo ingenuamente que lo gano. O lidiando con las expectativas de gente más ingenua que yo pero que se cree aguda por quién sabe qué razón. Chao, me voy a dibujar ciudades de mentira.
lunes, 12 de diciembre de 2005
Yo boto
Creo que en todo el año no me había despertado tan temprano como ayer. El ajetreo pre-votación me impidió dormir más allá de las nueve y media. Nunca iría a votar antes de las once. Me da pánico ser forzado a ser vocal de mesa. De hecho, ayer no habría ido a votar de no ser por el pánico a las ochenta lucas de multa. Maldita democracia militarizada en la que los derechos son deberes. No sé en qué estaba pensando cuando me inscribí. Tenía 19 años, era un soleado mediodía primaveral y yo creía que las cosas que no me gustaban se podían cambiar con un voto. Con Shó hicimos cuatro horas de fila que terminaron en un achoclonamiento de cien personas en un pasillo de dos centímetros que conducía a una oficina donde una adorable y lenta viejecita llenaba los datos de toda esa juventud cívicamente consciente, de poleras coloridas y sonrisas ingenuas. En el apretujamiento todos echaban tallas fomes en vez de quejarse. Eramos una tropa de felices.
Nunca me parece que vive tanta gente en esta ciudad hasta que veo la cantidad de autos estacionados o tratando de circular por Balmaceda durante el día de las elecciones. El liceo en el que voto parece una fábrica abandonada por fuera, y un reformatorio por dentro. Me equivoqué de fila porque los letreros que indicaban la ubicación de las mesas estaban cambiados. Pero un tipo que hacía la fila me advirtió a tiempo. No entiendo por qué hombres y mujeres votan separados. ¿Cuál es la supuesta amenaza que significa mirar chicas lindas en la fila en vez de tipos feos? Me aburriría menos. Capaz que hasta sería más agradable ir a votar: le quitaría esa atmósfera de cantón de reclutamiento a los locales de votación.
En la noche caché que el resultado fue el que todo el mundo suponía y me puse a ver un programa en MTV sobre minas que se hacen cirugías o algo así. Apagué la luz temprano y me dio gusto romper con la rutina. Descubrí que me gustan los eventos aunque no sean tan relevantes como aparentan. Soy como esos supuestos ovnis que vienen a observar los fenómenos importantes que pasan en este planeta. Me gusta el movimiento y moverme un poco yo. Quizás por eso no me parece tan malo estar inscrito, aunque diga que me arrepiento y con ganas. Sé que no voy a poder cambiar mucho con una raya en un papel. Pero sí puedo botar algunas cosas. Cambiar lo que me rodea haciendo algo o dejándolo de hacer. Para bien o para mal -para bien, debería ser-. Es lo que necesito entrenar.
Nunca me parece que vive tanta gente en esta ciudad hasta que veo la cantidad de autos estacionados o tratando de circular por Balmaceda durante el día de las elecciones. El liceo en el que voto parece una fábrica abandonada por fuera, y un reformatorio por dentro. Me equivoqué de fila porque los letreros que indicaban la ubicación de las mesas estaban cambiados. Pero un tipo que hacía la fila me advirtió a tiempo. No entiendo por qué hombres y mujeres votan separados. ¿Cuál es la supuesta amenaza que significa mirar chicas lindas en la fila en vez de tipos feos? Me aburriría menos. Capaz que hasta sería más agradable ir a votar: le quitaría esa atmósfera de cantón de reclutamiento a los locales de votación.
En la noche caché que el resultado fue el que todo el mundo suponía y me puse a ver un programa en MTV sobre minas que se hacen cirugías o algo así. Apagué la luz temprano y me dio gusto romper con la rutina. Descubrí que me gustan los eventos aunque no sean tan relevantes como aparentan. Soy como esos supuestos ovnis que vienen a observar los fenómenos importantes que pasan en este planeta. Me gusta el movimiento y moverme un poco yo. Quizás por eso no me parece tan malo estar inscrito, aunque diga que me arrepiento y con ganas. Sé que no voy a poder cambiar mucho con una raya en un papel. Pero sí puedo botar algunas cosas. Cambiar lo que me rodea haciendo algo o dejándolo de hacer. Para bien o para mal -para bien, debería ser-. Es lo que necesito entrenar.
sábado, 10 de diciembre de 2005
I'm gonna kick tomorrow
Alojo al bueno de Jotacé. Es nuevo esto. Nunca alojo gente en mi casa. Será porque todos mis amigos viven en sus hogares temperados con padres que les compran cosas. Y se dan el lujo de quejarse, algunos. Son tipos muy adolescentes todos. Ayer JC me decía que la teenage angst es muy propia de hijos de papi. Claro, un pendejo que sabe que su destino más promisorio es ser cajero del Jumbo no puede darse el lujo de odiar a sus papás. Ocupa su tiempo y su esfuerzo en cosas más primordiales. Y de seguro va descubriendo cosas que son realmente odiosas. Y se las toma con tranquilidad porque, bueno, hay que encontrar la forma más mentalmente saludable de lidiar con ellas.
Necesito un trabajo. Mañana. Ahora. Trabajo, trabajo, trabajo, como dice el viejo chucheta de la franja política, que ojalá que gane. No tengo idea qué propone, pero digo ojalá que gane porque soy susceptible a las estrategias comunicacionales como todos. Y soy tan ocioso que me gusta ver la franja política. La de los presidentes, sí. Las otras no le importan a nadie, son fomes. A excepción del viejo Velasco, claro. A propósito de las elecciones, soy tan vendido que pensé en ofrecerme por ahí para cubrirlas mañana. Me habrían pagado máximo diez lucas, que igual es plata que no tengo. Pero tengo una razón de peso para no hacerlo. Me gusta ver las transmisiones de la tele. Todo el día. Salvo esos programas del tipo "nosotros ya votamos", que es como para rellenar a la hora que no hay despachos ni cómputos y sale Alvaro Salas o quien sea y muestra orgulloso su dedo manchado, indiscutible e inútil seña de que cumplió con su deber cívico y que tú, flojo que estás en tu casa viendo tele, deberías ir ya a hacer lo mismo. No lo digo yo, lo dicen ellos. Bueno, la cosa es que me gusta ver los cómputos previos y la gente alegando porque declararon nulo un voto que era para el candidato de ellos. Me gustan los análisis repletos de obviedades y cómo te hacen creer que está pasando algo importante cuando en realidad no es para tanto. Son cosas que hay que ver. Cuando se murió el papa o se cayeron las torres gemelas, yo pegado frente a la tele. Mañana será lo mismo. Si igual algo de periodista debo tener.
Necesito un trabajo. Mañana. Ahora. Trabajo, trabajo, trabajo, como dice el viejo chucheta de la franja política, que ojalá que gane. No tengo idea qué propone, pero digo ojalá que gane porque soy susceptible a las estrategias comunicacionales como todos. Y soy tan ocioso que me gusta ver la franja política. La de los presidentes, sí. Las otras no le importan a nadie, son fomes. A excepción del viejo Velasco, claro. A propósito de las elecciones, soy tan vendido que pensé en ofrecerme por ahí para cubrirlas mañana. Me habrían pagado máximo diez lucas, que igual es plata que no tengo. Pero tengo una razón de peso para no hacerlo. Me gusta ver las transmisiones de la tele. Todo el día. Salvo esos programas del tipo "nosotros ya votamos", que es como para rellenar a la hora que no hay despachos ni cómputos y sale Alvaro Salas o quien sea y muestra orgulloso su dedo manchado, indiscutible e inútil seña de que cumplió con su deber cívico y que tú, flojo que estás en tu casa viendo tele, deberías ir ya a hacer lo mismo. No lo digo yo, lo dicen ellos. Bueno, la cosa es que me gusta ver los cómputos previos y la gente alegando porque declararon nulo un voto que era para el candidato de ellos. Me gustan los análisis repletos de obviedades y cómo te hacen creer que está pasando algo importante cuando en realidad no es para tanto. Son cosas que hay que ver. Cuando se murió el papa o se cayeron las torres gemelas, yo pegado frente a la tele. Mañana será lo mismo. Si igual algo de periodista debo tener.
sábado, 3 de diciembre de 2005
Lucky lucky you're so lucky
Estoy enojado porque VTR cambió las frecuencias de los canales, porque la vieja de Entel no me puede tirar las veinte lucas en llamados del chip nuevo al de mi número de siempre, porque me quedé dormido mientras veía el noticiero regional y no desperté hasta ahora y no fui a carretear como el lolo que soy. Esa es la gravedad de mis problemas. Veo películas y digo qué bueno que mi vida es así de relajada, pero igual alego.
Acepto mierdas en el centro. Acepto tarjetas navideñas de un candidato presidencial con sus dieciséis hijos, flyers del concierto de la semana en la aldea -Los Llaneros o algo así-, ofertas del supermercado, calendarios de otro candidato, promos de computadores obsoletos a cincuenta lucas, etc. Me dan lata los tipos que están parados ahí, todo el día, entregando papeles que el 90% vota en el siguiente basurero, o en su defecto en plena vereda. No sé evitar verme a mí reflejado. Autorreferencia pura, como siempre. Es feo trabajar así mientras todos languetean helados y toman de la cintura a sus chicas y celebran lo bien que les fue este año en lo que sea.
Ahora mismo pienso en salir a correr. Creo que afuera hay un mínimo viento. Podría llegar a La Picá, comprarme un churrasco mayo y volver. O pasar a lo de Nerdson y Pepo y ser un ñoño metalero y vivir en 1985. No, mala idea, deben estar durmiendo como los treintañeros que son. Podría llegar hasta Holandesa y tirar piedras a la casa de Díllei y quedarme un rato en la esquina viendo como pasan las camionetas. Luego bajaría por la avenida y me detendría a tomar una cerveza mala en algún tugurio del Carrusel. O quizás entraría a alguno que no conozca. Los que antes menospreciaba y ahora me parecen más amigables y no entiendo bien por qué. Como sea. No haré nada de eso. Cuando mis planes no salen como yo quiero, me autocastigo y me encierro. Y dejo de hacer algunas cosas que deseo. Como si así fuera a aprender. Y puede que se aprenda. No lo tengo claro, esos procesos son más bien inconscientes. Me carga no aprender cosas. Soy un fucking viejo chico y es viernes en la noche y estoy escribiendo en un blog.
Acepto mierdas en el centro. Acepto tarjetas navideñas de un candidato presidencial con sus dieciséis hijos, flyers del concierto de la semana en la aldea -Los Llaneros o algo así-, ofertas del supermercado, calendarios de otro candidato, promos de computadores obsoletos a cincuenta lucas, etc. Me dan lata los tipos que están parados ahí, todo el día, entregando papeles que el 90% vota en el siguiente basurero, o en su defecto en plena vereda. No sé evitar verme a mí reflejado. Autorreferencia pura, como siempre. Es feo trabajar así mientras todos languetean helados y toman de la cintura a sus chicas y celebran lo bien que les fue este año en lo que sea.
Ahora mismo pienso en salir a correr. Creo que afuera hay un mínimo viento. Podría llegar a La Picá, comprarme un churrasco mayo y volver. O pasar a lo de Nerdson y Pepo y ser un ñoño metalero y vivir en 1985. No, mala idea, deben estar durmiendo como los treintañeros que son. Podría llegar hasta Holandesa y tirar piedras a la casa de Díllei y quedarme un rato en la esquina viendo como pasan las camionetas. Luego bajaría por la avenida y me detendría a tomar una cerveza mala en algún tugurio del Carrusel. O quizás entraría a alguno que no conozca. Los que antes menospreciaba y ahora me parecen más amigables y no entiendo bien por qué. Como sea. No haré nada de eso. Cuando mis planes no salen como yo quiero, me autocastigo y me encierro. Y dejo de hacer algunas cosas que deseo. Como si así fuera a aprender. Y puede que se aprenda. No lo tengo claro, esos procesos son más bien inconscientes. Me carga no aprender cosas. Soy un fucking viejo chico y es viernes en la noche y estoy escribiendo en un blog.
domingo, 27 de noviembre de 2005
Post feliz
Hoy debería hacer un post feliz. Como que después de la tormenta viene la calma and stuff. Como que nada es tan terrible, como que mi madre insistió tanto que acepté que me regalara un celular nuevo -no podía decirle que sí altiro. Cesante, pero digno-, como que el jueves fui a la casa de la Laura, a quien no veía hace tiempo, y lo pasé bien. Conocí a su esposo Galo, vimos Vincent y compartimos nuestra aversión hacia los psicólogos, entre otras cosas. Como que hay una nueva edición de disorder y hay textos míos. Uno firmado y otro que me dará pudor reconocer a los 40. Me tratan bien en la intro. Me tratan de "buen tipo". Quisiera creer que soy un buen tipo. Mis agradecimientos a Camilo por el hype.
Tengo nuevos contactos en msn (ya sé que suena mega-ñoño, pero prefiero entretenerme por msn que aburrirme en el mundo real. La declaración de principios esquizoide de la semana). Me van a prestar un cd player y espero que ése no me lo roben. Cuando sea millonario me compraré un iPod. Y andaré con mi iPod en el bolsillo derecho y mi cortaplumas en el izquierdo. Aunque no sirva de nada.
Hoy no necesito un plan maestro.
Tengo nuevos contactos en msn (ya sé que suena mega-ñoño, pero prefiero entretenerme por msn que aburrirme en el mundo real. La declaración de principios esquizoide de la semana). Me van a prestar un cd player y espero que ése no me lo roben. Cuando sea millonario me compraré un iPod. Y andaré con mi iPod en el bolsillo derecho y mi cortaplumas en el izquierdo. Aunque no sirva de nada.
Hoy no necesito un plan maestro.
jueves, 24 de noviembre de 2005
En Temuco no pasa nada.
Me asaltaron. Por la mierda, me asaltaron.
Nunca me habían asaltado en 23 años de vida.
Lo más cerca de eso fue cuando tenía 14 y venía con Díllei (sí, el mismo del post anterior) caminando por Bulnes de vuelta del colegio, y unos tipos de nuestra misma edad pero del Lechuga se nos ponen por delante y "ya poh, unas moneas, ya ya, las parkas", pero nosotros, en un acto de valentía que hasta hoy nos sorprende, pasamos por el lado de ellos, corremos, cruzamos Rodríguez y tomamos la micro hasta nuestras casas para después reírnos del asunto. Aunque Díllei no se reía tanto. Hay ocasiones en las que uno tiene que adoptar el rol de valiente.
Pero lo de ayer fue distinto. A las ocho, ocho y media. En pleno San Martín, camino en dirección a mi casa, tal como cientos de veces. Alguien me agarra por atrás. Pienso que es un conocido haciéndome una mala broma, pero me doy cuenta que no al ver dos pendejos -porque más de dieciocho no tenían, las pequeñas escorias- delante mío, impidiéndome que escape. "Pasa la hueá", me grita el que me tiene agarrado, sacándome los audífonos de los oídos. Yo, el muy idiota, en una maniobra pseudo-instintodesupervivencia, me meto la mano en el bolsillo de la parka y desconecto los audífonos del cd player y le digo "ya, llévatelos". Eso parece que calentó más al flaite, porque me mete la mano en el bolsillo y me saca el cd player mientras los otros decían flashbackianamente "tenis monea" y uno de ellos pregunta por el celular. Y en una avenida habitualmente movida, justo en ese momento no pasa nadie. Ni una micro, ni una vieja, nada. El cielo estaba gris, como aguantándose la lluvia. Y yo me quedé ahí, parado como imbécil, sin reacción, mientras los pendejos de la concha de su madre se escapaban por un pasaje de la Millaray, felices, mirando sus nuevas adquisiciones.
Sin cd player y sin celular caminé como zombie hasta Andes. Y ahí fue cuando me tiré a la calle, sin que me importara el colectivo que venía doblando y que gastó su cuota de bocina mensual en mí. Y corrí todas esas cuadras hasta mi casa. En una pésima ironía, me encuentro con la reja cerrada con candado. Mi paranoica abuela, que cree que van a entrar ladrones con máscaras de Chino Ríos pistola en mano a robarse las tres cajas fuertes y los diez millones en joyas que hay en la casa. Con los nervios no puedo abrir el candado. Me empeloto, tiro la cadena a la puerta, cierro la reja con rabia, dejándola tiritona, entro a la casa, mi abuela alega algo, grito "para qué mierda cierras, son las ocho de la noche, las cosas pasan afuera, no adentro", alega más fuerte, grita, me callo para que no le dé un infarto y se muera y después sea culpa mía, entro a mi pieza, tiro la mochila y la parka contra la persiana, prendo la tele y dejo Los Simpson en volumen máximo. Como siempre, en esta casa no hay nadie. Nadie que me pueda ayudar. Me conecto a MSN. Me pongo de nick "me asaltaron". Me llegan quince ventanas. Respondo las de quienes me importan. Me sorprendo con la buena onda de gente que recién me viene conociendo o casi no me conoce. Alguien me sugiere que llame a los pacos. ¿Para qué? No voy a recuperar mis cosas, y a los pendejitos víctimas del capitalismo despiadado los van a mandar al hogarcito de menores, porque pobrecitos. Además los pacos son unos ineptos. De hecho, algunos sólo se diferencian de los flaites que me asaltaron por el uniforme y el ridículo gorro. Pero en fin, no es con ellos la cosa.
Qué rabia. Casi dos meses en Santiago, caminando todos los días a altas horas de la noche, y nunca me pasó nada. Y me vienen a asaltar en este pueblo de mierda al que volví porque, argh, me da lata. Me acuerdo de todas las veces que dije "pero si en Temuco nunca asaltan" o "asaltan sólo a la gente hueona". Bueno, y yo debo haber sido un poco imbécil de caminar por la Millaray en un día de lluvia y a una hora donde todo el mundo está encerrado en sus casas viendo la teleserie. Como sea. No es una excusa para dejar de salir y tratar de vivir. Anoche temía que me dé el síndrome de Marge Simpson. Como en ese capítulo cuando la asaltaban y después no quería salir de la casa y se ponía a entrenar y se volvía musculosa. Ahora tengo que ir a Entel a bloquear el celular. Pero me siento inseguro. No sé, esto debe ser lo que siente una mina católica perdiendo la virginidad. Ya nada es como antes, ya no debería caminar tan confiado por la calle, ya no debería pensar que todo el mundo es bienintencionado. Y empiezo con las recriminaciones idiotas del tipo "y si hubiera bajado por Andes en vez de por Porvenir?". "y si me hubiera quedado cinco minutos más haciendo mi experimento sociológico en el mall?", "y si de plano no hubiera salido a ningún lado?", "y si me hubiera vuelto en micro?". Es idiota, pero inevitable. Autoflagelación pura. La maldad es un virus, y si no se proyecta a otros, te la terminas proyectando a tí mismo. Y no sé cuál de las dos cosas es más insana.
Nunca me habían asaltado en 23 años de vida.
Lo más cerca de eso fue cuando tenía 14 y venía con Díllei (sí, el mismo del post anterior) caminando por Bulnes de vuelta del colegio, y unos tipos de nuestra misma edad pero del Lechuga se nos ponen por delante y "ya poh, unas moneas, ya ya, las parkas", pero nosotros, en un acto de valentía que hasta hoy nos sorprende, pasamos por el lado de ellos, corremos, cruzamos Rodríguez y tomamos la micro hasta nuestras casas para después reírnos del asunto. Aunque Díllei no se reía tanto. Hay ocasiones en las que uno tiene que adoptar el rol de valiente.
Pero lo de ayer fue distinto. A las ocho, ocho y media. En pleno San Martín, camino en dirección a mi casa, tal como cientos de veces. Alguien me agarra por atrás. Pienso que es un conocido haciéndome una mala broma, pero me doy cuenta que no al ver dos pendejos -porque más de dieciocho no tenían, las pequeñas escorias- delante mío, impidiéndome que escape. "Pasa la hueá", me grita el que me tiene agarrado, sacándome los audífonos de los oídos. Yo, el muy idiota, en una maniobra pseudo-instintodesupervivencia, me meto la mano en el bolsillo de la parka y desconecto los audífonos del cd player y le digo "ya, llévatelos". Eso parece que calentó más al flaite, porque me mete la mano en el bolsillo y me saca el cd player mientras los otros decían flashbackianamente "tenis monea" y uno de ellos pregunta por el celular. Y en una avenida habitualmente movida, justo en ese momento no pasa nadie. Ni una micro, ni una vieja, nada. El cielo estaba gris, como aguantándose la lluvia. Y yo me quedé ahí, parado como imbécil, sin reacción, mientras los pendejos de la concha de su madre se escapaban por un pasaje de la Millaray, felices, mirando sus nuevas adquisiciones.
Sin cd player y sin celular caminé como zombie hasta Andes. Y ahí fue cuando me tiré a la calle, sin que me importara el colectivo que venía doblando y que gastó su cuota de bocina mensual en mí. Y corrí todas esas cuadras hasta mi casa. En una pésima ironía, me encuentro con la reja cerrada con candado. Mi paranoica abuela, que cree que van a entrar ladrones con máscaras de Chino Ríos pistola en mano a robarse las tres cajas fuertes y los diez millones en joyas que hay en la casa. Con los nervios no puedo abrir el candado. Me empeloto, tiro la cadena a la puerta, cierro la reja con rabia, dejándola tiritona, entro a la casa, mi abuela alega algo, grito "para qué mierda cierras, son las ocho de la noche, las cosas pasan afuera, no adentro", alega más fuerte, grita, me callo para que no le dé un infarto y se muera y después sea culpa mía, entro a mi pieza, tiro la mochila y la parka contra la persiana, prendo la tele y dejo Los Simpson en volumen máximo. Como siempre, en esta casa no hay nadie. Nadie que me pueda ayudar. Me conecto a MSN. Me pongo de nick "me asaltaron". Me llegan quince ventanas. Respondo las de quienes me importan. Me sorprendo con la buena onda de gente que recién me viene conociendo o casi no me conoce. Alguien me sugiere que llame a los pacos. ¿Para qué? No voy a recuperar mis cosas, y a los pendejitos víctimas del capitalismo despiadado los van a mandar al hogarcito de menores, porque pobrecitos. Además los pacos son unos ineptos. De hecho, algunos sólo se diferencian de los flaites que me asaltaron por el uniforme y el ridículo gorro. Pero en fin, no es con ellos la cosa.
Qué rabia. Casi dos meses en Santiago, caminando todos los días a altas horas de la noche, y nunca me pasó nada. Y me vienen a asaltar en este pueblo de mierda al que volví porque, argh, me da lata. Me acuerdo de todas las veces que dije "pero si en Temuco nunca asaltan" o "asaltan sólo a la gente hueona". Bueno, y yo debo haber sido un poco imbécil de caminar por la Millaray en un día de lluvia y a una hora donde todo el mundo está encerrado en sus casas viendo la teleserie. Como sea. No es una excusa para dejar de salir y tratar de vivir. Anoche temía que me dé el síndrome de Marge Simpson. Como en ese capítulo cuando la asaltaban y después no quería salir de la casa y se ponía a entrenar y se volvía musculosa. Ahora tengo que ir a Entel a bloquear el celular. Pero me siento inseguro. No sé, esto debe ser lo que siente una mina católica perdiendo la virginidad. Ya nada es como antes, ya no debería caminar tan confiado por la calle, ya no debería pensar que todo el mundo es bienintencionado. Y empiezo con las recriminaciones idiotas del tipo "y si hubiera bajado por Andes en vez de por Porvenir?". "y si me hubiera quedado cinco minutos más haciendo mi experimento sociológico en el mall?", "y si de plano no hubiera salido a ningún lado?", "y si me hubiera vuelto en micro?". Es idiota, pero inevitable. Autoflagelación pura. La maldad es un virus, y si no se proyecta a otros, te la terminas proyectando a tí mismo. Y no sé cuál de las dos cosas es más insana.
miércoles, 23 de noviembre de 2005
It's evolution, baby
Muchos cercanos fueron a Pearl Jam y yo no. Me da rabia. Mañana veré ocho nicks de msn sacándole pica al resto y golpearé la mesa o algo. Estuve a punto de comprarme la entrada, como buen cesante mamón, con la CMR de mi madre. Pero este mes ha sido una seguidilla de confusiones. No es el momento para premiarme. Además, como que quiero creer que en alguna parte del camino se me quedó lo grunge. Es un poco vergonzoso: tengo amigos que creen que odiar el hip hop, Miranda, Mekano, el Texas, Lavín y todas esas cosas fáciles de odiar es tener "postura". Igual a mí me queda mi poster de carátulas de Nirvana en la pieza, mis discos de esa época -de los pocos originales que tengo- y la ira pasteurizada adolescente. Ser grunge es como tener Windows 98. Supongo que por alguna parte hay que conseguirse la actualización. O hacer de una vez el esfuerzo y comprarse el computador nuevo. Allá afuera el mundo avanza y rápido.
Hoy estuve con mi amigo Díllei. Díllei era un predicador de la música electrónica y los módems de 14.4 allá por 1997, mientras otros cantábamos Smells like teen spirit chamullando el inglés de la letra. A Díllei lo pateó su polola y me vino a decir que deberíamos salir el fin de semana, como antes. "Nada es como antes", le respondí. "Ademàs, ese antes es demasiado antes". Díllei es un nerd, como yo. No siempre tenemos tema de conversación. Es el único tipo que es mi amigo desde los cinco años. Su polola -ex, más bien- fue la primera de su vida. Y desde que lo patearon, presumo, ya no le encuentra la misma gracia a su camioneta o a su megacomputador.
- Ya te quiero ver a ti comprometido- me dijo.
- Yo cacho que antes voy a ser millonario -dije, o pensé, ya no me acuerdo.
Afuera, lluvia, lluvia y más lluvia. Cómo va uno a odiar a la primavera y a las parejas de la mano que toman helado si afuera parece Junio. Con Díllei quedamos de salir este sábado y "hay que socializar poh". ¿A qué edad los autistas se vuelven camaleones sociales, los perdedores se dejan empujar por su cohibido talento, los temerosos de Dios se reconcilian con sus perversiones y los winners de siempre se ponen guatones? El grunge nos habló mucho de la adolescencia pero no nos explicó nada de lo que venía después. Quizás por eso los sobrevivientes son una generación vacía. Quizás por eso los atinados que crecieron escuchando Backstreet Boys, Vengaboys o, qué se yo, Limp Bizkit, funcionan mejor y pasan mejor los cambios. Ya van en cuarta. Y uno, en primera tirando a retroceso. Pésima metàfora para alguien que no sabe manejar.
Hoy estuve con mi amigo Díllei. Díllei era un predicador de la música electrónica y los módems de 14.4 allá por 1997, mientras otros cantábamos Smells like teen spirit chamullando el inglés de la letra. A Díllei lo pateó su polola y me vino a decir que deberíamos salir el fin de semana, como antes. "Nada es como antes", le respondí. "Ademàs, ese antes es demasiado antes". Díllei es un nerd, como yo. No siempre tenemos tema de conversación. Es el único tipo que es mi amigo desde los cinco años. Su polola -ex, más bien- fue la primera de su vida. Y desde que lo patearon, presumo, ya no le encuentra la misma gracia a su camioneta o a su megacomputador.
- Ya te quiero ver a ti comprometido- me dijo.
- Yo cacho que antes voy a ser millonario -dije, o pensé, ya no me acuerdo.
Afuera, lluvia, lluvia y más lluvia. Cómo va uno a odiar a la primavera y a las parejas de la mano que toman helado si afuera parece Junio. Con Díllei quedamos de salir este sábado y "hay que socializar poh". ¿A qué edad los autistas se vuelven camaleones sociales, los perdedores se dejan empujar por su cohibido talento, los temerosos de Dios se reconcilian con sus perversiones y los winners de siempre se ponen guatones? El grunge nos habló mucho de la adolescencia pero no nos explicó nada de lo que venía después. Quizás por eso los sobrevivientes son una generación vacía. Quizás por eso los atinados que crecieron escuchando Backstreet Boys, Vengaboys o, qué se yo, Limp Bizkit, funcionan mejor y pasan mejor los cambios. Ya van en cuarta. Y uno, en primera tirando a retroceso. Pésima metàfora para alguien que no sabe manejar.
viernes, 18 de noviembre de 2005
Slacker
Tengo mucho tiempo libre y he leído más blogs de la cuenta. Me gustan, me gusta que todo el mundo tenga blog y ya no sea la rareza geek del mes. Leer blogs es como conocer gente en una junta en la casa de alguien, pero saltándose las partes fomes. Los anónimos son notables porque la gente escribe lo que no se atreve a decir en un almuerzo cualquiera. Yo no tengo nada de anónimo, aunque no deja de parecerme sospechosa la idea de la sobreexposición. Si llegara a ser famoso o algo así -qué demonios estoy escribiendo- no sé cómo lidiaría con eso. A lo mejor por eso tengo intolerancia al éxito y me escondo para que no me encuentre. El minuto megalómano.
Soy mejor consumidor que productor. Alguien dijo algo parecido, en un libro, no sé, no me acuerdo. Tengo destellos de producción, pero llegan a las tres de la mañana de un miércoles con sobredosis de coca cola y euforia posterior. Y así como llegan, se van. El resto del tiempo fisgoneo, miro, saco conclusiones rebuscadas, descubro patrones y me alegro, me salen cinco dudas de una y me frustro. Si hubiera sabido a los 18 lo que sé ahora. Me encontré a mí mismo pensando esa porquería de frase el otro día, arriba de una micro, subiendo una escalera mecánica hacia la nada como la de Springfield, tratando de subir el cerro y aburriéndome a la mitad o antes, da lo mismo dónde. Fue como un yunque etáreo. 70 años encima. De una. Y yo que critico al bueno de Shovete. Si de abuelos hablamos, estamos todos en la misma. Adolescentes renegados. Post-adolescentes, para hacerle más justicia al carnet de identidad. Ese que dice que ya no soy tan joven, pese a que mi cara de pendejo drogadicto sin drogas en la foto se presta para engaños. Me siento culpable de ser joven, de tenerle pánico al mercado laboral y disfrazarlo cínicamente de actitud antisistema, de haber desperdiciado el momento justo hace años y estar pagando las consecuencias ahora. Quiero comprarme camisas que no sean de empleado público, quiero aprender a ser responsable, o de transformar mi improductividad en productividad. Lo que me frena es simple: desconfío del tornado que me puede agarrar y llevar lejos, pero a un lejos que no es el que quiero. Y ya sabemos, a los tornados no se les pide por favor ni se les toca el timbre de la puerta de atrás. Te dejaron en Tanzania y no te diste cuenta hasta que ya se te olvidó el camino de regreso. Regresar, demonios, quién mierda quiere regresar, lo que queremos todos es estar en el 2020 y decir qué idiota fui el 2005, como no apuré las cosas, ahora todo es excelente pero podría serlo más aún. Es sólo ambición. De la buena. De la que no le quita nada a otro. De la que se retroalimenta de los otros. De los que valen la pena. De los que se miran y se sacan frases o gestos para anotarlos en la libreta de futuros personajes. O presentes personajes.
Soy mejor consumidor que productor. Alguien dijo algo parecido, en un libro, no sé, no me acuerdo. Tengo destellos de producción, pero llegan a las tres de la mañana de un miércoles con sobredosis de coca cola y euforia posterior. Y así como llegan, se van. El resto del tiempo fisgoneo, miro, saco conclusiones rebuscadas, descubro patrones y me alegro, me salen cinco dudas de una y me frustro. Si hubiera sabido a los 18 lo que sé ahora. Me encontré a mí mismo pensando esa porquería de frase el otro día, arriba de una micro, subiendo una escalera mecánica hacia la nada como la de Springfield, tratando de subir el cerro y aburriéndome a la mitad o antes, da lo mismo dónde. Fue como un yunque etáreo. 70 años encima. De una. Y yo que critico al bueno de Shovete. Si de abuelos hablamos, estamos todos en la misma. Adolescentes renegados. Post-adolescentes, para hacerle más justicia al carnet de identidad. Ese que dice que ya no soy tan joven, pese a que mi cara de pendejo drogadicto sin drogas en la foto se presta para engaños. Me siento culpable de ser joven, de tenerle pánico al mercado laboral y disfrazarlo cínicamente de actitud antisistema, de haber desperdiciado el momento justo hace años y estar pagando las consecuencias ahora. Quiero comprarme camisas que no sean de empleado público, quiero aprender a ser responsable, o de transformar mi improductividad en productividad. Lo que me frena es simple: desconfío del tornado que me puede agarrar y llevar lejos, pero a un lejos que no es el que quiero. Y ya sabemos, a los tornados no se les pide por favor ni se les toca el timbre de la puerta de atrás. Te dejaron en Tanzania y no te diste cuenta hasta que ya se te olvidó el camino de regreso. Regresar, demonios, quién mierda quiere regresar, lo que queremos todos es estar en el 2020 y decir qué idiota fui el 2005, como no apuré las cosas, ahora todo es excelente pero podría serlo más aún. Es sólo ambición. De la buena. De la que no le quita nada a otro. De la que se retroalimenta de los otros. De los que valen la pena. De los que se miran y se sacan frases o gestos para anotarlos en la libreta de futuros personajes. O presentes personajes.
miércoles, 16 de noviembre de 2005
Quema tu calendario
Las mañanas son la mejor hora del día. La luz es rica, sientes que tienes todo el día por delante, en blanco, para ser llenado de éxitos. Parece que cuando chico lo pasaba bien en las mañanas. Andaba en bicicleta, acompañaba a alguien a comprar algo, qué sé yo. Pero algo tengo con las mañanas.
Pero hace como dos años que no me puedo despertar si no es muy cerca de la hora de almuerzo. A menos que tenga caña o algo muy importante que hacer. En el segundo caso, ando con cara de zombie todo el día, cabeceando en las micros, cerrando los ojos frente a cualquier persona. No sé cuándo empezó todo esto. Parece que se juntaron muchos factores: adicción a las noches en vela frente al computador, un pésimo horario universitario, pocas cosas que valgan la pena ejecutables antes de las dos de la tarde. Y ahora me resulta más fácil desayunar el almuerzo y ver cómo el día se pone de pie cuando quedan pocas horas de luz natural. Me crea la ilusión de que el día se pasa más rápido, el año se pasa más rápido, la vida se pasa más rápido, pum, tengo 60 y no me di cuenta, de haber sabido en mis años de juventud todo lo que sé ahora, carajo.
El otro día me propuse algo: agarrar un hacha y aniquilar el reloj biológico. Y olvidarme de la edad que tengo. El sábado jugué a tener 17 años, a proveerme para la noche en Edipra, a tratar mal a la cajera que le cobró luca de más a Nano, a saludar a los lolos conocidos que estaban en el local, a gritar en una pampa como en el video de 1979, a creerme en 1999, a ser buena onda, a no ponerme un cortafuegos delante de la nariz. Al otro día desperté tarde de nuevo. Me caí bien, aunque no resultó del todo. O sí, no sé. Me gustaría creer que el tiempo es relativo. Que el haberme esforzado por despertarme hoy a las 10, salir y encontrarme con lluvia no fue una casualidad. Recién fui a ver Sin City y me gustó porque, entre otras cosas, relativiza el concepto de muerte. Como que me sentí más vivo a la salida del cine. Con más -o menos, si hilamos más fino- tiempo por delante. Iba a hacer un post sobre eso, pero no pretendo ser comentarista de cine y sí necesito sacarme de la cabeza la psicosis del tiempo. Del calendario, de la edad. De los números, los malditos números. Ahora no sé qué hora es. Error: acabo de mirar hacia la esquina derecha del monitor. Es inevitable.
Pero hace como dos años que no me puedo despertar si no es muy cerca de la hora de almuerzo. A menos que tenga caña o algo muy importante que hacer. En el segundo caso, ando con cara de zombie todo el día, cabeceando en las micros, cerrando los ojos frente a cualquier persona. No sé cuándo empezó todo esto. Parece que se juntaron muchos factores: adicción a las noches en vela frente al computador, un pésimo horario universitario, pocas cosas que valgan la pena ejecutables antes de las dos de la tarde. Y ahora me resulta más fácil desayunar el almuerzo y ver cómo el día se pone de pie cuando quedan pocas horas de luz natural. Me crea la ilusión de que el día se pasa más rápido, el año se pasa más rápido, la vida se pasa más rápido, pum, tengo 60 y no me di cuenta, de haber sabido en mis años de juventud todo lo que sé ahora, carajo.
El otro día me propuse algo: agarrar un hacha y aniquilar el reloj biológico. Y olvidarme de la edad que tengo. El sábado jugué a tener 17 años, a proveerme para la noche en Edipra, a tratar mal a la cajera que le cobró luca de más a Nano, a saludar a los lolos conocidos que estaban en el local, a gritar en una pampa como en el video de 1979, a creerme en 1999, a ser buena onda, a no ponerme un cortafuegos delante de la nariz. Al otro día desperté tarde de nuevo. Me caí bien, aunque no resultó del todo. O sí, no sé. Me gustaría creer que el tiempo es relativo. Que el haberme esforzado por despertarme hoy a las 10, salir y encontrarme con lluvia no fue una casualidad. Recién fui a ver Sin City y me gustó porque, entre otras cosas, relativiza el concepto de muerte. Como que me sentí más vivo a la salida del cine. Con más -o menos, si hilamos más fino- tiempo por delante. Iba a hacer un post sobre eso, pero no pretendo ser comentarista de cine y sí necesito sacarme de la cabeza la psicosis del tiempo. Del calendario, de la edad. De los números, los malditos números. Ahora no sé qué hora es. Error: acabo de mirar hacia la esquina derecha del monitor. Es inevitable.
viernes, 11 de noviembre de 2005
Abrir historial
Messengereo.
Un ex compañero de carrera me ofrece la Diners sin costo de mantención. Le exijo que me lea la letra chica. Tengo que tener una línea de crédito en el Citi. Voy incorporando a mi universo conceptos nuevos como "línea de crédito". Me dice que la otra opción es sacar cuenta corriente. Me rehúso a hacerlo. La primera razón es obvia -no tengo un maldito ingreso- y la segunda obedece a mi afán de mantenerme fuera del sistema mientras pueda. Soy una postal. Pero una postal que quiere comprar por Amazon. Una postal snob que quiere suscribirse a revistas extranjeras ocupando LanBoxs ajenas. Prometo pensarlo.
Ñaño me dice que vayamos al mall mañana. Este pueblo está revolucionado. Me cruzo en una esquina con alguien indeseado y en vez de decirme "y cómo estái, estái trabajando", me dice "mañana se abre el mall". Ya, ya, si yo también voy a ir, especialmente si hay un Burger King. Pero guardemos las proporciones. Ir a mirar zapatillas que no puedo comprar no me parece -tan- divertido. Más divertido es mirar a la gente. Me gustan las aglomeraciones. Lo que no me gusta es ser parte de una aglomeración que va hacia ninguna parte. Con mi no-direccionalidad me basta.
Le comento a Shó que estoy viendo Pasiones y que "Pasiones es un espanto". Me pregunta que entonces por qué lo veo. Le digo que me da curiosidad lo que pasa por la cabeza de quienes ven -y van- a ese programa. "Yo sé lo que les pasa: nada", me contesta, contestatario, el único grunge que queda en el 2005. Pienso que puede tener algo de razón, pero sospecho de los oneliners. Son como el Paulo Coelho de las discusiones. El dogma, la pared de cemento que impide que pase una sola gota de aire. La verdad que te rescatará del abismo y te librará de la tentación de ver qué hay más adelante de tu nariz.
Con Felipe conversamos sobre blogs. Concluímos que hay muchos bloggers escribiendo lo que no pueden o no quieren vivir. Yo mismo preferiría contar carretes extremos y éxitos laborales en vez de esta lata. Pero hay una camada de gente -pendejos, en su mayoría- que tienen la inteligencia y los medios para vivir y para conectar -módem emocional- y no lo hacen. Yo soy un adicto a internet, me permite saciar mi ansia de info, comunicarme con quienes me importan y conseguir música y material audiovisual gratis, pero ¿de verdad alguien cree que es más entretenido mirar a un monitor -aunque sea LCD- que tirarse en el pasto, pasar a mojarse con una regadora, contarle algo a alguien y ver la cara que pone, enojarse, hacer gestos raros en medio de la calle, andar en bicicleta, lo que sea? Un buen blog puede producir el mismo efecto de una buena película o un buen libro. Uno malo pero entretenido hace que te quedes viéndolo con cara de idiota mientras comes popcorn.
Y no le quiero hacer daño a nadie. De hecho, me gustaría hacer lo que otros han hecho por mí. Los que hicieron que me gustara escribir. Quizás sea hora de terminar ciertas cosas inconclusas. Idiota: tienes miles. Pero por algo hay que empezar. Así que, por hoy, cerrar sesión.
Un ex compañero de carrera me ofrece la Diners sin costo de mantención. Le exijo que me lea la letra chica. Tengo que tener una línea de crédito en el Citi. Voy incorporando a mi universo conceptos nuevos como "línea de crédito". Me dice que la otra opción es sacar cuenta corriente. Me rehúso a hacerlo. La primera razón es obvia -no tengo un maldito ingreso- y la segunda obedece a mi afán de mantenerme fuera del sistema mientras pueda. Soy una postal. Pero una postal que quiere comprar por Amazon. Una postal snob que quiere suscribirse a revistas extranjeras ocupando LanBoxs ajenas. Prometo pensarlo.
Ñaño me dice que vayamos al mall mañana. Este pueblo está revolucionado. Me cruzo en una esquina con alguien indeseado y en vez de decirme "y cómo estái, estái trabajando", me dice "mañana se abre el mall". Ya, ya, si yo también voy a ir, especialmente si hay un Burger King. Pero guardemos las proporciones. Ir a mirar zapatillas que no puedo comprar no me parece -tan- divertido. Más divertido es mirar a la gente. Me gustan las aglomeraciones. Lo que no me gusta es ser parte de una aglomeración que va hacia ninguna parte. Con mi no-direccionalidad me basta.
Le comento a Shó que estoy viendo Pasiones y que "Pasiones es un espanto". Me pregunta que entonces por qué lo veo. Le digo que me da curiosidad lo que pasa por la cabeza de quienes ven -y van- a ese programa. "Yo sé lo que les pasa: nada", me contesta, contestatario, el único grunge que queda en el 2005. Pienso que puede tener algo de razón, pero sospecho de los oneliners. Son como el Paulo Coelho de las discusiones. El dogma, la pared de cemento que impide que pase una sola gota de aire. La verdad que te rescatará del abismo y te librará de la tentación de ver qué hay más adelante de tu nariz.
Con Felipe conversamos sobre blogs. Concluímos que hay muchos bloggers escribiendo lo que no pueden o no quieren vivir. Yo mismo preferiría contar carretes extremos y éxitos laborales en vez de esta lata. Pero hay una camada de gente -pendejos, en su mayoría- que tienen la inteligencia y los medios para vivir y para conectar -módem emocional- y no lo hacen. Yo soy un adicto a internet, me permite saciar mi ansia de info, comunicarme con quienes me importan y conseguir música y material audiovisual gratis, pero ¿de verdad alguien cree que es más entretenido mirar a un monitor -aunque sea LCD- que tirarse en el pasto, pasar a mojarse con una regadora, contarle algo a alguien y ver la cara que pone, enojarse, hacer gestos raros en medio de la calle, andar en bicicleta, lo que sea? Un buen blog puede producir el mismo efecto de una buena película o un buen libro. Uno malo pero entretenido hace que te quedes viéndolo con cara de idiota mientras comes popcorn.
Y no le quiero hacer daño a nadie. De hecho, me gustaría hacer lo que otros han hecho por mí. Los que hicieron que me gustara escribir. Quizás sea hora de terminar ciertas cosas inconclusas. Idiota: tienes miles. Pero por algo hay que empezar. Así que, por hoy, cerrar sesión.
Abrir historial
Messengereo.
Un ex compañero de carrera me ofrece la Diners sin costo de mantención. Le exijo que me lea la letra chica. Tengo que tener una línea de crédito en el Citi. Voy incorporando a mi universo conceptos nuevos como "línea de crédito". Me dice que la otra opción es sacar cuenta corriente. Me rehúso a hacerlo. La primera razón es obvia -no tengo un maldito ingreso- y la segunda obedece a mi afán de mantenerme fuera del sistema mientras pueda. Soy una postal. Pero una postal que quiere comprar por Amazon. Una postal snob que quiere suscribirse a revistas extranjeras ocupando LanBoxs ajenas. Prometo pensarlo.
Ñaño me dice que vayamos al mall mañana. Este pueblo está revolucionado. Me cruzo en una esquina con alguien indeseado y en vez de decirme "y cómo estái, estái trabajando", me dice "mañana se abre el mall". Ya, ya, si yo también voy a ir, especialmente si hay un Burger King. Pero guardemos las proporciones. Ir a mirar zapatillas que no puedo comprar no me parece -tan- divertido. Más divertido es mirar a la gente. Me gustan las aglomeraciones. Lo que no me gusta es ser parte de una aglomeración que va hacia ninguna parte. Con mi no-direccionalidad me basta.
Le comento a Shó que estoy viendo Pasiones y que "Pasiones es un espanto". Me pregunta que entonces por qué lo veo. Le digo que me da curiosidad lo que pasa por la cabeza de quienes ven -y van- a ese programa. "Yo sé lo que les pasa: nada", me contesta, contestatario, el único grunge que queda en el 2005. Pienso que puede tener algo de razón, pero sospecho de los oneliners. Son como el Paulo Coelho de las discusiones. El dogma, la pared de cemento que impide que pase una sola gota de aire. La verdad que te rescatará del abismo y te librará de la tentación de ver qué hay más adelante de tu nariz.
Con Felipe conversamos sobre blogs. Concluímos que hay muchos bloggers escribiendo lo que no pueden o no quieren vivir. Yo mismo preferiría contar carretes extremos y éxitos laborales en vez de esta lata. Pero hay una camada de gente -pendejos, en su mayoría- que tienen la inteligencia y los medios para vivir y para conectar -módem emocional- y no lo hacen. Yo soy un adicto a internet, me permite saciar mi ansia de info, comunicarme con quienes me importan y conseguir música y material audiovisual gratis, pero ¿de verdad alguien cree que es más entretenido mirar a un monitor -aunque sea LCD- que tirarse en el pasto, pasar a mojarse con una regadora, contarle algo a alguien y ver la cara que pone, enojarse, hacer gestos raros en medio de la calle, andar en bicicleta, lo que sea? Un buen blog puede producir el mismo efecto de una buena película o un buen libro. Uno malo pero entretenido hace que te quedes viéndolo con cara de idiota mientras comes popcorn.
Y no le quiero hacer daño a nadie. De hecho, me gustaría hacer lo que otros han hecho por mí. Los que hicieron que me gustara escribir. Quizás sea hora de terminar ciertas cosas inconclusas. Idiota: tienes miles. Pero por algo hay que empezar. Así que, por hoy, cerrar sesión.
Un ex compañero de carrera me ofrece la Diners sin costo de mantención. Le exijo que me lea la letra chica. Tengo que tener una línea de crédito en el Citi. Voy incorporando a mi universo conceptos nuevos como "línea de crédito". Me dice que la otra opción es sacar cuenta corriente. Me rehúso a hacerlo. La primera razón es obvia -no tengo un maldito ingreso- y la segunda obedece a mi afán de mantenerme fuera del sistema mientras pueda. Soy una postal. Pero una postal que quiere comprar por Amazon. Una postal snob que quiere suscribirse a revistas extranjeras ocupando LanBoxs ajenas. Prometo pensarlo.
Ñaño me dice que vayamos al mall mañana. Este pueblo está revolucionado. Me cruzo en una esquina con alguien indeseado y en vez de decirme "y cómo estái, estái trabajando", me dice "mañana se abre el mall". Ya, ya, si yo también voy a ir, especialmente si hay un Burger King. Pero guardemos las proporciones. Ir a mirar zapatillas que no puedo comprar no me parece -tan- divertido. Más divertido es mirar a la gente. Me gustan las aglomeraciones. Lo que no me gusta es ser parte de una aglomeración que va hacia ninguna parte. Con mi no-direccionalidad me basta.
Le comento a Shó que estoy viendo Pasiones y que "Pasiones es un espanto". Me pregunta que entonces por qué lo veo. Le digo que me da curiosidad lo que pasa por la cabeza de quienes ven -y van- a ese programa. "Yo sé lo que les pasa: nada", me contesta, contestatario, el único grunge que queda en el 2005. Pienso que puede tener algo de razón, pero sospecho de los oneliners. Son como el Paulo Coelho de las discusiones. El dogma, la pared de cemento que impide que pase una sola gota de aire. La verdad que te rescatará del abismo y te librará de la tentación de ver qué hay más adelante de tu nariz.
Con Felipe conversamos sobre blogs. Concluímos que hay muchos bloggers escribiendo lo que no pueden o no quieren vivir. Yo mismo preferiría contar carretes extremos y éxitos laborales en vez de esta lata. Pero hay una camada de gente -pendejos, en su mayoría- que tienen la inteligencia y los medios para vivir y para conectar -módem emocional- y no lo hacen. Yo soy un adicto a internet, me permite saciar mi ansia de info, comunicarme con quienes me importan y conseguir música y material audiovisual gratis, pero ¿de verdad alguien cree que es más entretenido mirar a un monitor -aunque sea LCD- que tirarse en el pasto, pasar a mojarse con una regadora, contarle algo a alguien y ver la cara que pone, enojarse, hacer gestos raros en medio de la calle, andar en bicicleta, lo que sea? Un buen blog puede producir el mismo efecto de una buena película o un buen libro. Uno malo pero entretenido hace que te quedes viéndolo con cara de idiota mientras comes popcorn.
Y no le quiero hacer daño a nadie. De hecho, me gustaría hacer lo que otros han hecho por mí. Los que hicieron que me gustara escribir. Quizás sea hora de terminar ciertas cosas inconclusas. Idiota: tienes miles. Pero por algo hay que empezar. Así que, por hoy, cerrar sesión.
domingo, 6 de noviembre de 2005
We shall go on playing, or find a new town
Cuando algo me gusta mucho y no tengo ningún matiz para explicarlo, digo que es "cool". Cuando algo me frikea o me sorprende, digo "freak". Sí, muy 1995. Debe tener alguna relación con mis 13 años mentales. Y con mi nula incapacidad de separar lo increíble de lo simplemente adecuado.
Tengo que definir estos últimos días y no sé cómo. Extraños, supongo. Ese es otro lugar común que uso para disimular mi desconexión con la capacidad comprensiva de la mayoría de la gente que conozco. "JP. me acabo de meter a un gimnasio" "Qué extraño". "JP, hay que comer tres veces al día" "Qué extraño". "JP, vamos a conocer el Ripley nuevo" "Qué extraño". Y así. Es una excelente respuesta para no herir susceptibilidades innecesariamente.
Como sea. Estos días han sido extraños. El viernes, como en los viejos y alocados tiempos de adolescencia (¿?), terminé carreteando con gente que conocí esa misma noche durante el cumpleaños de una amiga, y llamando por celular a tipos cuyo nombre no recuerdo para averiguar las direcciones en las que seguía la fiesta. Parece que llegué a un carrete de gente que estudiaba Agronomía, no estoy seguro, y que añora pueblos donde su tío es el sheriff natural y los pacos le tienen miedo, que discute sobre el enfermante tema de moda -la tensión Chile-Perú-, y donde el que no tiene el vaso constantemente lleno se arriesga a ser catalogado de "maricón". Cuando volví a mi casa, a lo único que atiné fue a prender el computador y conectarme a MSN. Muy lasoledaddeldosmilcinco.
Me he dedicado a ordenar el estante de mi pieza, a hojear Rolling Stones viejas compulsivamente, a revisar mi colección de VHS con cosas grabadas de la tele, a conseguirme una bicicleta en vano sin resultados (si alguien de Temuco aún me lee y tiene una bici que le dé lata ocupar, contact me). Cosas así. Todo lo que eché de menos en el octubre santiaguino. Da lata que lo que se echa de menos sean más cosas que personas. Extraño, supongo.
Tengo que definir estos últimos días y no sé cómo. Extraños, supongo. Ese es otro lugar común que uso para disimular mi desconexión con la capacidad comprensiva de la mayoría de la gente que conozco. "JP. me acabo de meter a un gimnasio" "Qué extraño". "JP, hay que comer tres veces al día" "Qué extraño". "JP, vamos a conocer el Ripley nuevo" "Qué extraño". Y así. Es una excelente respuesta para no herir susceptibilidades innecesariamente.
Como sea. Estos días han sido extraños. El viernes, como en los viejos y alocados tiempos de adolescencia (¿?), terminé carreteando con gente que conocí esa misma noche durante el cumpleaños de una amiga, y llamando por celular a tipos cuyo nombre no recuerdo para averiguar las direcciones en las que seguía la fiesta. Parece que llegué a un carrete de gente que estudiaba Agronomía, no estoy seguro, y que añora pueblos donde su tío es el sheriff natural y los pacos le tienen miedo, que discute sobre el enfermante tema de moda -la tensión Chile-Perú-, y donde el que no tiene el vaso constantemente lleno se arriesga a ser catalogado de "maricón". Cuando volví a mi casa, a lo único que atiné fue a prender el computador y conectarme a MSN. Muy lasoledaddeldosmilcinco.
Me he dedicado a ordenar el estante de mi pieza, a hojear Rolling Stones viejas compulsivamente, a revisar mi colección de VHS con cosas grabadas de la tele, a conseguirme una bicicleta en vano sin resultados (si alguien de Temuco aún me lee y tiene una bici que le dé lata ocupar, contact me). Cosas así. Todo lo que eché de menos en el octubre santiaguino. Da lata que lo que se echa de menos sean más cosas que personas. Extraño, supongo.
martes, 1 de noviembre de 2005
Por descarte
No hay que confiar en la gente. Punto. Ni siquiera en los que se supone que deberías. La gente más inesperada puede ser la que te acompañe hasta el día en que te desconecten del respirador artificial, y lo que te enseñaron en el colegio no era tan cierto. Sólo con porrazos uno puede darse cuenta de eso.
Hace menos de una hora le hablaba a una amiga sobre mi idea de que uno se hace amigo de la gente que tiene que estar ahí, y crea anticuerpos contra la otra. Aún cuando "la otra" sea la gente que te ha rodeado siempre, los que cayeron en tu historial de vida por causas más relacionadas con la compulsión por el orden que con "el destino". Hermandad cósmica, llamamos engrupidamente al fenómeno. No es nada que me conste, pero quiero creer que es así. Lo compruebo cuando converso con alguien que acabo de conocer y es como si nos viésemos hace años, o cuando me da dolor de guata ir a un asado o a un cumpleaños x sólo después de preguntar sobre la lista de asistentes. Son las intuiciones las que mandan aquí. A mí me dijeron cuando chico que no tenía que hacerle caso a mis intuiciones sino que "al método". En el colegio me hacían esos típicos programas diseñados por psicólogos de renombre mundial en que unes puntitos y creas figuritas e, inconscientemente, vas aprendiendo a seguir reglas, a controlar la impulsividad, a convertirte en un ser funcional al sistema, a condenarte en un cubículo y a controlar tu entusiasmo para no terminar como el gordito del comercial de Armonyl, o como el matón del curso, ese que hace quince años odiaste pero ahora le tienes un poco de pena, porque te diste cuenta que todo lo que hacía o dejaba de hacer no tenía que ver con otra cosa que no fueran sus frustraciones. Todos tenemos frustraciones y todos elegimos nuestra propia manera de canalizarlas. Algunos le pegan a la gente, otros se ponen un uniforme, otros hacen barricadas a la salida de la universidad, otros hacen sonar el motor del auto hasta volverlo insoportable, otros se pasan del cupo de la tarjeta de crédito, otros escriben, otros apretan los dientes y se aguantan.
En algún momento la programación debe haber salido bien y terminé creyendo que intuición era frustración. Ahora creo que estructuración lo es. Y es como esa gente que vive en círculos muy cerrados y conservadores y se da cuenta que las cosas son blanco y negro. O renuncia del todo, o se queda ahí, sobreadaptado. El tratamiento de shock es la única forma de que no queden rastros de la fase anterior. O sacas todas las minas antipersonales, o corres el riesgo de matarte por una que quedó ahí y no te diste cuenta. El desorden o el orden. La vida modelo o mi modelo de vida. Mutilar las convenciones o convencerse.
De todo eso me di cuenta este fin de semana. Viajé a Temuco el jueves, y el domingo me enteré de algo que me destruyó la guata y el ánimo. Algo que no fue culpa mía. Algo cuyo responsable tiene nombre, apellido y vinculación sanguínea conmigo. Algo que me dejó pésimo con alguien que me tendió una mano y que hace tambalear mis planes a futuro. Algo de lo cual, sí, ya, tengo un porcentaje de culpa. Por confiar. Por creer que esta vez sí podía tener una buena intención. Por darle una decimoquinta oportunidad a alguien que debí descartar desde el principio. Ahora, más que nunca, quiero retener cerca mío a la gente que me importa. Porque solo no funciono, aunque me quiera convencer de lo contrario. Tardes de melancolía barata en la capital me lo confirmaron. Y al resto, hacerle una raya encima del nombre y amuñar y lanzar al basurero la lista de la gente descartable. De la que hace daño. De la que te hace sentir aún más asco cuando descubres, en tu propia personalidad, rasgos suyos. Y que no son tan fáciles de botar a la basura.
Hace menos de una hora le hablaba a una amiga sobre mi idea de que uno se hace amigo de la gente que tiene que estar ahí, y crea anticuerpos contra la otra. Aún cuando "la otra" sea la gente que te ha rodeado siempre, los que cayeron en tu historial de vida por causas más relacionadas con la compulsión por el orden que con "el destino". Hermandad cósmica, llamamos engrupidamente al fenómeno. No es nada que me conste, pero quiero creer que es así. Lo compruebo cuando converso con alguien que acabo de conocer y es como si nos viésemos hace años, o cuando me da dolor de guata ir a un asado o a un cumpleaños x sólo después de preguntar sobre la lista de asistentes. Son las intuiciones las que mandan aquí. A mí me dijeron cuando chico que no tenía que hacerle caso a mis intuiciones sino que "al método". En el colegio me hacían esos típicos programas diseñados por psicólogos de renombre mundial en que unes puntitos y creas figuritas e, inconscientemente, vas aprendiendo a seguir reglas, a controlar la impulsividad, a convertirte en un ser funcional al sistema, a condenarte en un cubículo y a controlar tu entusiasmo para no terminar como el gordito del comercial de Armonyl, o como el matón del curso, ese que hace quince años odiaste pero ahora le tienes un poco de pena, porque te diste cuenta que todo lo que hacía o dejaba de hacer no tenía que ver con otra cosa que no fueran sus frustraciones. Todos tenemos frustraciones y todos elegimos nuestra propia manera de canalizarlas. Algunos le pegan a la gente, otros se ponen un uniforme, otros hacen barricadas a la salida de la universidad, otros hacen sonar el motor del auto hasta volverlo insoportable, otros se pasan del cupo de la tarjeta de crédito, otros escriben, otros apretan los dientes y se aguantan.
En algún momento la programación debe haber salido bien y terminé creyendo que intuición era frustración. Ahora creo que estructuración lo es. Y es como esa gente que vive en círculos muy cerrados y conservadores y se da cuenta que las cosas son blanco y negro. O renuncia del todo, o se queda ahí, sobreadaptado. El tratamiento de shock es la única forma de que no queden rastros de la fase anterior. O sacas todas las minas antipersonales, o corres el riesgo de matarte por una que quedó ahí y no te diste cuenta. El desorden o el orden. La vida modelo o mi modelo de vida. Mutilar las convenciones o convencerse.
De todo eso me di cuenta este fin de semana. Viajé a Temuco el jueves, y el domingo me enteré de algo que me destruyó la guata y el ánimo. Algo que no fue culpa mía. Algo cuyo responsable tiene nombre, apellido y vinculación sanguínea conmigo. Algo que me dejó pésimo con alguien que me tendió una mano y que hace tambalear mis planes a futuro. Algo de lo cual, sí, ya, tengo un porcentaje de culpa. Por confiar. Por creer que esta vez sí podía tener una buena intención. Por darle una decimoquinta oportunidad a alguien que debí descartar desde el principio. Ahora, más que nunca, quiero retener cerca mío a la gente que me importa. Porque solo no funciono, aunque me quiera convencer de lo contrario. Tardes de melancolía barata en la capital me lo confirmaron. Y al resto, hacerle una raya encima del nombre y amuñar y lanzar al basurero la lista de la gente descartable. De la que hace daño. De la que te hace sentir aún más asco cuando descubres, en tu propia personalidad, rasgos suyos. Y que no son tan fáciles de botar a la basura.
lunes, 24 de octubre de 2005
Quiero postear algo y no sé qué.
Podría escribir sobre el recorrido de ayer por la feria improvisada que arman en el centro que casi me hace llorar al ver revistas Disney editadas por Pincel (hey, casi que aprendí a leer con esas revistas, junto con los clásicos de la literatura universal en horribles ediciones color chocolate blanco que regalaban con Ercilla). Podría contar que hoy quise ir a ver Corpse Bride y caminé dos horas hasta el cine para luego arrepentirme y caminar dos horas más hasta llegar a Providencia, donde estoy ahora. Podría decir que los tallarines de hoy no me quedaron pegados, y que los iba a empezar a cocinar cuando llegaron Germán y Lissette y ella me dijo "la vida de jean pierre que todavía no se levanta a esta hora" y me sentí mitad privilegiadísimo y mitad loser. Podría acordarme que Julio me dijo que podía sacar su bici cuando quisiera y prometer que lo haré mañana. Podría lloriquear porque me quedan diez lucas en el cajero y, de esas, cinco son para viajar a Temuco dentro de la semana y el resto para comprarle un regalo de cumpleaños a mi madre y sobrevivir aquí antes de ir a renegociar mi segundo mes de arriendo. Podría quebrarme diciendo que tengo el inicio de mi segunda novela (eh, la primera tampoco está terminada y yace en un correo semi-secreto, para bajarla y continuarla cuando tenga una motivación para hacerlo) armado en Word, que si me sale antes del verano doy por exitoso este 2005, que está por vencerme la prueba de 30 días de Office para Apple y necesito conectar mi computador a internet de forma urgente.
Podría decir que, una vez que tome el bus, voy a echar de menos el pasillo inhóspito de la casa, las conversaciones en la cocina, los maullidos de "Tigre", mirar el cerro y el smog desde la puerta de la azotea, pisotear fuerte las tablas del piso de puro gusto cuando no hay nadie, las calles con gente, los locales con olor a comida, las micros-acordeón en las que todavía no me subo, y todas las cosas y personas que todavía no conozco.
Pero no tengo ganas de escribir de nada de eso. No tengo ganas de escribir de nada, de hecho. Si escribir es como respirar, entonces estoy con respirador artificial.
Podría escribir sobre el recorrido de ayer por la feria improvisada que arman en el centro que casi me hace llorar al ver revistas Disney editadas por Pincel (hey, casi que aprendí a leer con esas revistas, junto con los clásicos de la literatura universal en horribles ediciones color chocolate blanco que regalaban con Ercilla). Podría contar que hoy quise ir a ver Corpse Bride y caminé dos horas hasta el cine para luego arrepentirme y caminar dos horas más hasta llegar a Providencia, donde estoy ahora. Podría decir que los tallarines de hoy no me quedaron pegados, y que los iba a empezar a cocinar cuando llegaron Germán y Lissette y ella me dijo "la vida de jean pierre que todavía no se levanta a esta hora" y me sentí mitad privilegiadísimo y mitad loser. Podría acordarme que Julio me dijo que podía sacar su bici cuando quisiera y prometer que lo haré mañana. Podría lloriquear porque me quedan diez lucas en el cajero y, de esas, cinco son para viajar a Temuco dentro de la semana y el resto para comprarle un regalo de cumpleaños a mi madre y sobrevivir aquí antes de ir a renegociar mi segundo mes de arriendo. Podría quebrarme diciendo que tengo el inicio de mi segunda novela (eh, la primera tampoco está terminada y yace en un correo semi-secreto, para bajarla y continuarla cuando tenga una motivación para hacerlo) armado en Word, que si me sale antes del verano doy por exitoso este 2005, que está por vencerme la prueba de 30 días de Office para Apple y necesito conectar mi computador a internet de forma urgente.
Podría decir que, una vez que tome el bus, voy a echar de menos el pasillo inhóspito de la casa, las conversaciones en la cocina, los maullidos de "Tigre", mirar el cerro y el smog desde la puerta de la azotea, pisotear fuerte las tablas del piso de puro gusto cuando no hay nadie, las calles con gente, los locales con olor a comida, las micros-acordeón en las que todavía no me subo, y todas las cosas y personas que todavía no conozco.
Pero no tengo ganas de escribir de nada de eso. No tengo ganas de escribir de nada, de hecho. Si escribir es como respirar, entonces estoy con respirador artificial.
lunes, 17 de octubre de 2005
Influencia
Esto de escribir en cibercafés me sicosea bastante. Creo que todo el mundo -los que pasan por atrás, los que están a mi izquierda, la mina que está a mi derecha- lee lo que escribo acá, lo que hablo por MSN, los blogs que leo, lo que sea. Lo más probable es que no les importe. Ellos chatean con sus parientes lejanos y se miran por webcam, hacen tareas para el colegio, les mandan mails al pololo empezándolos con "por qué ya no me respondes?", ven videos divertidos y pixelados en Windows Media, postean en fotologs. Todo el mundo tiene algo que hacer. Yo tengo un Mac mini y no lo puedo conectar a internet. Es como tener una tele de plasma en el desierto. Y hablando de desierto, Germán se fue por el fin de semana con una amiga al desierto -la vida de algunos- y me apoderé de su tele. Vi de todo: desde programas políticos a la hora de almuerzo, pasando por resúmenes de las teleseries de la temporada, hasta, eh, "Gigantes con Vivi". Aclaro que no hay cable en mi pieza. De hecho, se supone que no hay cable en la casa. No con contrato, eso es lo que quiero decir. Como sea, ver las noticias y eso me hace sentir un poco más conectado al mundo. El problema es a QUÉ mundo.
Luego de que una de mis vecinas -no me consta, pero es la sospechosa número uno- se comiera la mantequilla y el manjar que dejé en el refrigerador y que, evidentemente, eran para consumo exclusivo de mi persona, de descubrir que la mitad de los enchufes de la pieza no funcionan y de que el mes adelantado se está terminando, entré a una fase de inseguridad y ansiedad extrema. El domingo me instalé, hincado, en el inhóspito pasillo que comunica la entrada de la casa con la mayoría de las piezas. No había nadie, estaba solo. Empecé a hablar solo para tratar de sentir el eco. Y decidí que ya no quiero seguir viviendo ahí. El problema es que es como la opción más económica. Y me resulta seguro porque escalar como los niños-araña o acceder al patio es casi imposible. Y porque me estoy empezando a hacer adicto a mirar a los edificio de atrás. Siempre descubro cosas nuevas: carretes de chicos ingenieros en el piso 13 de la torre que está más cerca de la calle, un padre con cara de detestable felicidad jugando con su hijo de meses en un balcón del piso 7, una chica linda hablando por celular en la torre del lado, unos tipos peleando un poco más abajo, o al menos eso es lo que parece que está pasando tras las cortinas. Quizás no sea nada adrenalínico, pero me gusta imaginar vidas ajenas y vivirlas por cinco segundos y después bajar a cocinarme un arroz que me quedará como tortilla. Necesito alimentarme en todo sentido. Hace un mes escribí aquí sobre mis ganas de irme al desierto o a un lugar alejado de la gente y de cualquier influencia mediática. Ahora no estoy tan seguro. Creo que la única forma de tener ganas de levantarme en la mañana es saber que durante el día van a pasar cosas, o al menos que las voy a mirar. Que voy a recibir millones de datos y los voy a procesar para crear algo nuevo en mi cabeza, en un papel, en Text Edit o donde sea. Y voy a entender algo más del mundo y de la gente. Porque a veces creo entender más de la cuenta, y otras creo no entender nada. Ningún término medio.
Luego de que una de mis vecinas -no me consta, pero es la sospechosa número uno- se comiera la mantequilla y el manjar que dejé en el refrigerador y que, evidentemente, eran para consumo exclusivo de mi persona, de descubrir que la mitad de los enchufes de la pieza no funcionan y de que el mes adelantado se está terminando, entré a una fase de inseguridad y ansiedad extrema. El domingo me instalé, hincado, en el inhóspito pasillo que comunica la entrada de la casa con la mayoría de las piezas. No había nadie, estaba solo. Empecé a hablar solo para tratar de sentir el eco. Y decidí que ya no quiero seguir viviendo ahí. El problema es que es como la opción más económica. Y me resulta seguro porque escalar como los niños-araña o acceder al patio es casi imposible. Y porque me estoy empezando a hacer adicto a mirar a los edificio de atrás. Siempre descubro cosas nuevas: carretes de chicos ingenieros en el piso 13 de la torre que está más cerca de la calle, un padre con cara de detestable felicidad jugando con su hijo de meses en un balcón del piso 7, una chica linda hablando por celular en la torre del lado, unos tipos peleando un poco más abajo, o al menos eso es lo que parece que está pasando tras las cortinas. Quizás no sea nada adrenalínico, pero me gusta imaginar vidas ajenas y vivirlas por cinco segundos y después bajar a cocinarme un arroz que me quedará como tortilla. Necesito alimentarme en todo sentido. Hace un mes escribí aquí sobre mis ganas de irme al desierto o a un lugar alejado de la gente y de cualquier influencia mediática. Ahora no estoy tan seguro. Creo que la única forma de tener ganas de levantarme en la mañana es saber que durante el día van a pasar cosas, o al menos que las voy a mirar. Que voy a recibir millones de datos y los voy a procesar para crear algo nuevo en mi cabeza, en un papel, en Text Edit o donde sea. Y voy a entender algo más del mundo y de la gente. Porque a veces creo entender más de la cuenta, y otras creo no entender nada. Ningún término medio.
jueves, 13 de octubre de 2005
Bienvenido al sistema
Ayer, por fin, fui a ver Se Arrienda. La vi en el Hoyts de La Reina, lo cual me significó gastar plata de más, pero no me importó tanto, porque sentí que tenía que verla en un buen cine, al que además nunca había ido. Y estoy dispuesto a perdonarle a AF que sea visualmente imperfecta, porque en realidad es como leer un libro de él, y porque, sobre todo, era la película que necesitaba ver. En el momento preciso. O quizás sea como si esa detestable frase "todo puede hablarte de todo" fuese cierta y ya estaría bueno que todos la escribiéramos con spray en los techos de nuestras piezas y la meditáramos antes de dormir.
El martes, acompañando a Felipe y Camilo, llegué a un canal de televisión abierta, y en parte fue como el 2.0 de ese horroroso "tour de medios" al que fui como en segundo año de universidad. Allá me encontré con (inserte nombre propio aquí) mi pseudo-amigo-periodista-exitoso que conocí en enero, justo cuando me iba yendo de ese canal regional del cual me da flojera acordarme. Estaba en camisa y corbata, apretando con rabia su cigarro encendido y caminando en círculos mientras hablaba por celular. Lo miraba intentando en vano recordar su nombre, y de paso proyectándome en él. "Hola Jotapé del 2012", estuve a punto de decirle, pero era como mucho. Parece que al final opté por un "hola tú estabai en temuco para...". Nunca subestimes la memoria de un periodista que se cree el cuento, me dije después. Le conté que estaba muy entusiasmado buscando pega, para no sonar tan vago. Me respondió "pero anda hablar con Xx, que es el subdirector de prensa... pero no con esa pinta sí, poh". Y en ese momento me empiezo a imaginar recorriendo el trayecto desde la oficina de Tur Bus hasta mi casa, con una de esas cosas para meter ternos adentro colgada en mi hombro hacia atrás, sonriendo porque estoy a un paso de convertirme en todo lo que no quería a los 17, en el motivo por el cual rehusé estudiar Ingeniería, pese a que era lo que me decían todos: que cómo iba a desperdiciar el puntaje de la PAA Matemática y mi supuesta mente hiperconcreta con algo tan saturado, mal remunerado y pajero. De mirar esa rebeldía adolescente contra algo invisible por encima y encontrarla casi adorable. Y me mantuve frikeado con eso hasta el otro día, cuando veo la peli y descubro que es peor que te pase a los 35 que a los 23. Aunque no llegue ninguna Francisca Lewin ni te cruces con testimonios de vida en cada esquina. Se supone -se supone- que a estas alturas hay más posibilidades de salvación. Y me dieron ganas de seguir estudiando. Justo eso que había desechado por completo estos últimos dos meses, puede que termine siendo mi verdadero plan 2006. Eso, mientras pueda seguir arrendando.
El martes, acompañando a Felipe y Camilo, llegué a un canal de televisión abierta, y en parte fue como el 2.0 de ese horroroso "tour de medios" al que fui como en segundo año de universidad. Allá me encontré con (inserte nombre propio aquí) mi pseudo-amigo-periodista-exitoso que conocí en enero, justo cuando me iba yendo de ese canal regional del cual me da flojera acordarme. Estaba en camisa y corbata, apretando con rabia su cigarro encendido y caminando en círculos mientras hablaba por celular. Lo miraba intentando en vano recordar su nombre, y de paso proyectándome en él. "Hola Jotapé del 2012", estuve a punto de decirle, pero era como mucho. Parece que al final opté por un "hola tú estabai en temuco para...". Nunca subestimes la memoria de un periodista que se cree el cuento, me dije después. Le conté que estaba muy entusiasmado buscando pega, para no sonar tan vago. Me respondió "pero anda hablar con Xx, que es el subdirector de prensa... pero no con esa pinta sí, poh". Y en ese momento me empiezo a imaginar recorriendo el trayecto desde la oficina de Tur Bus hasta mi casa, con una de esas cosas para meter ternos adentro colgada en mi hombro hacia atrás, sonriendo porque estoy a un paso de convertirme en todo lo que no quería a los 17, en el motivo por el cual rehusé estudiar Ingeniería, pese a que era lo que me decían todos: que cómo iba a desperdiciar el puntaje de la PAA Matemática y mi supuesta mente hiperconcreta con algo tan saturado, mal remunerado y pajero. De mirar esa rebeldía adolescente contra algo invisible por encima y encontrarla casi adorable. Y me mantuve frikeado con eso hasta el otro día, cuando veo la peli y descubro que es peor que te pase a los 35 que a los 23. Aunque no llegue ninguna Francisca Lewin ni te cruces con testimonios de vida en cada esquina. Se supone -se supone- que a estas alturas hay más posibilidades de salvación. Y me dieron ganas de seguir estudiando. Justo eso que había desechado por completo estos últimos dos meses, puede que termine siendo mi verdadero plan 2006. Eso, mientras pueda seguir arrendando.
sábado, 8 de octubre de 2005
Not from here, not from there
Insomnia strikes back. Hoy desperté a las nueve de la mañana, tras una noche de cervezas y leche en polvo de la Nasa que le robé a Julio y que era rica de cucharear, por culpa de una cañería del patio que tiraba agua produciendo un ruido imposible. Me sentí como el forro, me levanté, abrí la puerta que da a la azotea chueca y me mareé mal. Abajo, sentía los gritos de la mina del gato. Llamándolo. Según yo, estuve como treinta segundos clínicamente muerto.
Así que he andado todo el día con la idea de que tengo que hacer algunas cosas antes de morir. Decidí ir a visitar a mis tíos, pero nunca se me ocurrió que no iba a haber nadie en la casa. Caminé de vuelta. Y llegué a una exposición de World Press Photo llena de chicas impresionables lateadas con pololos viendo el partido a esa hora. Las fotos eran muy fomes. No estoy programado para sentir pena por los soldados norteamericanos heridos en Irak o cosas así de políticamente correctas. Terminé mirando más a las asistentes que a las fotos. O haciendo el esfuerzo de mirar las fotos para que las asistentes no pensaran cosas inexactas de mí. Todo muy difícil.
Sinceramente, no sé en qué va a terminar todo esto. Necesito dinero con urgencia. Me autoimpuse un límite de dos lucas diarias para gastar y es muy difícil de cumplir. Maldito pendejo burgués. Aquí estoy, en un ciber, quinientos la hora, el más barato que encontré abierto. Ahora voy al Líder. Agh. Me estoy como aburriendo. ¿Se nota?
Así que he andado todo el día con la idea de que tengo que hacer algunas cosas antes de morir. Decidí ir a visitar a mis tíos, pero nunca se me ocurrió que no iba a haber nadie en la casa. Caminé de vuelta. Y llegué a una exposición de World Press Photo llena de chicas impresionables lateadas con pololos viendo el partido a esa hora. Las fotos eran muy fomes. No estoy programado para sentir pena por los soldados norteamericanos heridos en Irak o cosas así de políticamente correctas. Terminé mirando más a las asistentes que a las fotos. O haciendo el esfuerzo de mirar las fotos para que las asistentes no pensaran cosas inexactas de mí. Todo muy difícil.
Sinceramente, no sé en qué va a terminar todo esto. Necesito dinero con urgencia. Me autoimpuse un límite de dos lucas diarias para gastar y es muy difícil de cumplir. Maldito pendejo burgués. Aquí estoy, en un ciber, quinientos la hora, el más barato que encontré abierto. Ahora voy al Líder. Agh. Me estoy como aburriendo. ¿Se nota?
lunes, 3 de octubre de 2005
Growing up
Necesito hacer algo. Lo que sea. La inmovilidad me hace mal y ése es el descubrimiento no asumido del fin de semana. Hoy desperté a las tres de la tarde y las nubes y las gotas de lluvia me dejaron encerrado en la pieza leyendo el diario de ayer hasta las seis. De ahí salí en busca de un adaptador que necesito para instalarle el teclado y el mouse a mi manzana. El día se pasó muy lento y el cielo gris oscuro me recordó a ya saben qué.
Por ahí me pidieron ideas y si hay algo que no tengo por estos días son ideas. Aún no logro aprender a pelar una manzana como la gente, así que las ideas vendrán como el 2025. Escalón por escalón, ésa es la forma como se supone que debe ser. Pero me da rabia no tenerlas. Más que por no cumplir, por no poder estrujar mi cerebro. Es como si lo tuviera en el freezer. Antes había cosas que al resto le quedaban grandes y a mí chicas, y viceversa. Ahora todo me queda grande. Uno nunca dimensiona bien las cosas hasta que se da cuenta que no sabe pelar una manzana.
Anoche soñé que estaba en el colegio -aquí el lector hastiado hace click en cualquier otro lado-, pero esta vez era distinto. Llegaba la profesora de inglés que tuve en la básica y la empezaba a pifiar, pero me daba cuenta que en realidad quería estar sentado ahí, viendo cómo la vieja escribía "calendario de pruebas" en el pizarrón. Debajo de la mesa tenía todos mis libros y revistas y cosas que dejé en Temuco. En el asiento de atrás estaba P, que me gustó durante todo séptimo básico y hoy es una feliz mamá y tiene nuevo empleo, según me enteré por su nick de msn. Me decía algo que ya no recuerdo. Al lado izquierdo estaba mi mamá, diciéndome que me apurara en meter los libros en mi mochila porque me tenía que ir a tomar el bus. Me sentí la raja al tener todo lo que necesito y poder meterlo en una mochila de dimensiones oníricas. De ahí ya no me acuerdo qué pasó, porque desperté con los tacos de mi vecina entrando al baño y con la mina de abajo gritándole a su gato. Miré mi celular: eran las siete y media de la mañana y yo estaba solo en una pieza con restos de diario, una botella de Coca Cola, mi discman conectado a parlantes de pc prestados y nada concreto que hacer durante el resto del mes.
Obviamente, mi sección más hojeada del diario fue la de avisos económicos. Le da dramatismo a mis noches de insomnio.
Anoche soñé que estaba en el colegio -aquí el lector hastiado hace click en cualquier otro lado-, pero esta vez era distinto. Llegaba la profesora de inglés que tuve en la básica y la empezaba a pifiar, pero me daba cuenta que en realidad quería estar sentado ahí, viendo cómo la vieja escribía "calendario de pruebas" en el pizarrón. Debajo de la mesa tenía todos mis libros y revistas y cosas que dejé en Temuco. En el asiento de atrás estaba P, que me gustó durante todo séptimo básico y hoy es una feliz mamá y tiene nuevo empleo, según me enteré por su nick de msn. Me decía algo que ya no recuerdo. Al lado izquierdo estaba mi mamá, diciéndome que me apurara en meter los libros en mi mochila porque me tenía que ir a tomar el bus. Me sentí la raja al tener todo lo que necesito y poder meterlo en una mochila de dimensiones oníricas. De ahí ya no me acuerdo qué pasó, porque desperté con los tacos de mi vecina entrando al baño y con la mina de abajo gritándole a su gato. Miré mi celular: eran las siete y media de la mañana y yo estaba solo en una pieza con restos de diario, una botella de Coca Cola, mi discman conectado a parlantes de pc prestados y nada concreto que hacer durante el resto del mes.
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