lunes, 27 de febrero de 2006

Take me out

La Laura me dice que soy quinceañero y le encuentro razòn. Hm, parece que yo lo dije primero y ella sólo lo repite cada vez que puede. No estoy seguro. Pero la cosa es que la dirección de este blog cada vez me hace menos sentido. Debería ponerle "no quiero ser adulto" y sonrojarme aún más tras teclear eso? Sería más honesto. Es la pura y dura verdad. Todos estos posts de los que me arrepentiré a los 30 dan cuenta de eso. Pero hay que aprender a lidiar. No saco nada obligándome a madurar. Tengo que dejar que la pendejez decante de forma natural. Aunque eso implique no tener planes y/o huir despavoridamente de ellos, creerme cool por no llegar a dormir a mi casa, alegar contra las corporaciones y los trámites, querer una polera con una lavadora estampada, negarme a comer sano, tratar de cerrar este blog y no lograrlo, jugar al antisocial y un largo etcétera que no estoy dispuesto a detallar.

A los cinco años me tiraba de guata en el living de mi casa de Villarrica a escuchar la Quinta Sinfonía de Beethoven que venía de regalo, en forma de cassette, con la revista Ercilla que sagradamente se compraba todas las semanas. Tenía un lago a diez pasos y una vista bacán desde la terraza. A ratos alegaba aburrimiento y mi madre me respondía "mira el paisaje, que cuando no vivas acá lo vas a extrañar". Y yo le hacía caso. Me caían mal mis compañeros de kinder y odiaba la leche que nos obligaban a tomar a media mañana en unas flaitísimas tazas azules de plástico cantando una canción. Era como un abuelo. Después, en básica, fui maduro o algo así. Hacía lo que me pedían que hiciera, cambié mi innata letra imprenta por la poco estética manuscrita que me exigían en el colegio y tenía mis arranques pero los controlaba rápido, como si me tomara un Ravotril imaginario. Más adolescente tuve una etapa de adultez joven, creyendo en "proyectos", tratando de tomarme las cosas en serio y relajarme y ser locoasí en partes más o menos iguales. Y ahora soy un pendejo y desde el año pasado quiero ser irresponsable y rayar micros y patear cosas y elegir la gente con la que quiero estar y decirles lo que mis edades anteriores me impedían.

Entonces, yo cacho que ahora se viene la niñez. Regresión total. La vida al revés. Y la sospecha de que moriré joven.

O que quizás las etapas se me alarguen y esta adolescencia bastarda y descolocada me dure mucho y su posterior infancia, aún más.

O quizás estoy exagerando -como también me dice ella- y sólo soy un pendejo tratando de pegarse el estirón y que la ropa se rompa de una buena vez para verse obligado a comprar otra, la que ahora le queda grande.

Mañana es 28 de febrero y se acaba el verano. Así que, si no llueve, subiré el cerro por última vez. Acepto compañías, aguas minerales y/o bicicletas prestadas. Tengo que gritar y tengo que cachar que Temuco es chico y que en realidad cualquier cosa es chica. Eso sólo se puede hacer desde un cerro. Tengo que cachar que puedo abrir los brazos y tirarme y que esa ciudad inmòvil de allá abajo no seguirá igual si eso pasa. Tengo que comérmela rompiendo el envase como si fuera un Chocman y no dejar que ella me coma. Y para eso, tengo que verla chica. Para eso, tengo que no ser yo el pendejo.

miércoles, 22 de febrero de 2006

Honestidad brutal

Mis lloriqueos fueron escuchados. Tengo un reproductor de mp3. Es chico, rojo, tiene esa textura como de tela de sillón que da gusto y un poco de nervio al tocarlo, y suena bien. La marca es media flaite, pero creo que el precio de estos objetos en marcas más renombradas es exagerado. Y como tampoco lo pago yo, el muy barsa, opté por un Nex. Mi madre, melómana hasta el hartazgo -aunque con algunos gustos dudosos. creo- también quiso uno, y con el doble de capacidad que el mío. Los privilegios de ser quien maneja esos pedazos de plástico que nos arreglan la vida.

El vendedor pistoleó una de las dos cajas mientras nos explicaba que podía agregar una garantía a ambos aparatos por el precio de la de uno, "como son iguales". Ahí fue cuando miré la pantalla que indicaba que estàbamos a punto de pagar dos reproductores de 256 MB. Y el muy gil de Jotapé va y le dice "oye, pero uno es de 512...". El vendedor se pega en la entreceja y pone cara de "cresta", antes de apretar varios botoncitos como robot y arreglar el error. Recién ahí caí. Idiota. Te quedas callado y te cobran dos de 256 y te dan una garantía baratísima. Pero no. Tu primer impulso fue ser honesto. Como suelo tener delirios de autoflagelación, estuve a punto de decir "no, sabes que no lo llevo, adiós" y correr hasta un baño público y patear la taza, de pura rabia. Hey, si la plata no sobra. Qué son quince o veinte lucas para una empresa como Almacenes París. Y serían muy hijos de perra si le cobran el condoro al empleado. Si cualquiera se equivoca. Aunque la posibilidad de esa última opción me calmó un poco y me hizo sentir casi un boy scout ayudando a la abuelita de turno a cruzar la calle.

No sé si sea bueno ser (tan) honesto. Idiotamente honesto. No puedo mentir. Creo que pongo una cara estúpida cuando miento y me pillan fácil. Son las consecuencias de la educación. Obvio que tampoco se trata de andar poniendo trampas para ratones por ahí, pero saber quedarse callado es importante. Y eso que no soy un tipo ruidoso precisamente.

Hay personas a las que no les quiero mentir nunca y me siento bien no haciéndolo. Aunque termine avergonzándome o convencido por un segundo de haber hablado más de la cuenta. Pero a una empresa, qué demonios. Supongo que ahí está la sutileza del mentiroso piadoso. Los brutalmente honestos no llegamos a ninguna parte, porque la brutalidad es destrucción. Así que me pongo en campaña para mentir un poco. Hasta ahora, al menos, he omitido bastante.

PD: Estoy viendo Los Simpson en FOX y no sé por qué demonios están en portugués. No le he movido nada a la tele y ni siquiera tiene SAP, así que no cacho qué onda.

PD2: Miro hacia afuera y parece Junio. Maldita lluvia. Si salgo de acá, tendría que ser por una muy buena razón. Muy buena.

miércoles, 15 de febrero de 2006

Has it come to this

Llegué de mi flash trip por Caburgua. Adivinen quién no se echó protector solar y ahora tiene marcado el final del traje de baño, con las piernas divididas en dos sectores: "blanco" y "rojo". Como sea: es la zorra estar siete horas de frente al sol con los ojos cerrados, transpirando como en un sauna cada vez más, hasta que el cuerpo deje de aguantar, y de ahí meterse al agua. Todo tiene que ser un tratamiento de shock. Si no, no vale. No se aprovecha. Al menos cuando no hay nada tan determinante en juego.

El agua estaba llena de pequeñas mierdas negras que parecían carbón o cenizas y con la Paola concluímos que, o son residuos de los asaítos-compadre de Piñera, o de las fogatas-post-hippies de la Bachelet.

Necesito un reproductor de mp3 aquí y ahora. Me hace falta. Ya dije que es lo único material que no tengo y me está siendo imprescindible.

Este blog está muy ombliguista y me está empezando a caer mal. Quizás debería subir cuentos o algo por el estilo, pero a) no tengo ninguno nuevo y que me deje realmente satisfecho, y b) tengo la cabeza demasiado puesta en ciertas cosas reales como para estar pensando en cuentitos. Cuando inauguré mi segundo blog, pero primero para efectos, digamos, biográficos (el anterior no lo conoció casi nadie y estuvo alojado en un sitio que ya no existe), estaba pensando en mis amigos y en no aburrirme en una tarde de verano de 2004. Calurosa, con Coca Cola y dos hielos, sin nadie en la casa. Entro a ese cementerio de blogs que ahora es 20six (aka 20sick) y no puedo evitar avergonzarme un poco. Escribo muchas hueás y a usted no tienen por qué interesarle. Se supone que uno tiene que aportar algo al mundo, o al menos a la gente que lo rodea. Y si lo hago, nunca es premeditado. La Laura me dice mucho que uno tiene que ser generoso. Y yo antes era considerado al menos. Detesto esas actitudes del tipo "no me gustó tu postre, pero me lo estás dando así que me lo como igual y te digo que está rico". Son hipócritas, no ayudan. Me temo que cuando chico las hacía, pero luego las erradiqué de forma casi militar pero de repente me fui al extremo. Uno se tiene que importar pero a la vez tiene que cachar que no es el centro del mundo. Capitalismo bien entendido. Pero este blog es capitalismo salvaje. Puta, de aquí a marzo lo mejoro. Lo prometo.

domingo, 12 de febrero de 2006

If I were a Carpenter

Acabo de dar vuelta toda mi pieza. Ahora mi velador-revistero y (más rato, porque cansa la hueá) mi equipo vintage National Panasonic están en el lugar donde antes estaba el escritorio del computador, que ahora tengo al lado de la ventana, para que no le llegue luz del sol al monitor y para que usted, señor o señorita psycho, no pueda ver desde su auto, micro o vereda si el joven jotapé está inmerso en la mátrix o no. No alimentaré más vuestro morbo.

Ayer recordé todo lo que no puedo dejar atrás, juntándome con casi puros periodistas en la casa de la Laura. Estaba la Pame que es abogada y lee sumarios y le gusta; Shango, a quien no veía hace mil, junto con Nadia y Pancho, todos fieles representantes del mediors del cual tanto aborrezco. Pero lo pasé bien. Y eso que yo era EL adolescente ahí, con mi confusión juvenil, mis despertadas tarde y mis poleras. Lo siento, siempre seré el teen de la pandilla. Es una cuestión de actitud. Después empecé a tirar mis teorías sobre la autodestrucción y la elección del sufrimiento, pero demonios, después de litros de cerveza no las sé explicar tan bien y no me la compraron. Ni yo la entiendo bien. Son de esas que pienso antes de acostarme o en la ducha o sentado en el patio de comidas del mall y de repente llega la idea y digo "jackpot!" cuando tengo la frase y la anoto en un cuaderno o una servilleta que inevitablemente extraviaré media hora más tarde. Y ahí quedan las teorías. En el limbo de las teorías mulas fallidas que pudieron cambiar el mundo.

El título de este post es porque anoche me puse a bajar mp3s de Sonic Youth (so 90s) y encontré el cover de Superstar y llegué de amanecida a mi casa a bajar más mp3s de ese disco. Y todo fue muy cósmico porque en la semana estuve pegado con la canción de Johnny Cash que dice if i were a carpenter, and you were a lady, would you marry me anyway?. A los 80 quiero ser como Johnny Cash.

Y como sé que el 98% (cifra premeditadamente exagerada) de los que leen este blog son periodistas o estudian (risas pregrabadas) la carrera, pues feliz día de la prensa, muchachos. Yo tampoco sabía que lo era hasta ayer. Chao, me voy a tomar helado.

miércoles, 8 de febrero de 2006

La mala memoria

Diablos, se me había olvidado lo mucho que me gustaba el pan con palta. Soy miembro de esa juventud criticada por el insoportable Casimiro H.V. Como pan con palta y tengo arrebatos noventeros y después de esos arrebatos me doy cuenta de que los 90 son la única década que valía la pena. Cómo se me fue a olvidar todo eso.

martes, 31 de enero de 2006



Esta foto la saqué el domingo. Yo los mataría a todos. No, mentira: haría un videojuego que se trate de matar hippies, de cortarles el pelo con navaja, de destrozarles sus morrales o de obligarlos a usar poleras rosadas Polo y pantalones Dockers. O sea: de apretarles el botón del futuro y trasladarlos a cinco años plazo.

Hasta hace pocos días no podía escribir nada decente. Nunca puedo cuando estoy en ciertos estados mentales. Y ni hablar de leer. Ok, nunca he sido un gran lector. Ese es un mito que no sé quién creó. A lo mejor basta con comprarte dos libros al año y pedir prestados otros dos para que te cataloguen de "lector", o, peor aún, de "intelectual" (sí, una de mis hermanas alguna vez lo dijo. La cara de uf no se me quitó en una semana). Lo último que leí fueron diez páginas de El hombre que inventó Manhattan y la mitad de La melancólica muerte de chico ostra, todo en la Antártica. Si alguien me pasara las cuarenta lucas que necesito para comprármelos, se lo agradecería mucho y me las gastaría en cualquier otra cosa. Yo soy como Marlén Olivarí. Me preguntan qué leo y digo "todos los días el diario". Eso es cierto: los leo todos y compulsivamente.

Cuando veo la noticia de la señora Dina, la abuela abandonada, no puedo evitar recordar a la mía -que tiene la edad de Pinochet y ahora mismo goza su verano junto a sus adorados parientes de Osorno- y decir "y de qué chucha se queja esta vieja". A lo mejor la vieja de la tele les pegaba cuando chicos a los hijos y nadie dice eso. Siempre los hijos son los malos y los sádicos. Pero los padres son una carga. Y demasiado pesada. El mío me cagó con un cheque mientras estaba a 700 kilómetros de su cara, pero ahora se compró una parcela y tiene cara para invitarme. Ni genéticamente me sirvió. Al menos me podría haber heredado su caraderajismo, que demonios que me hace falta.

Me siento idiota por no haberme acreditado para Fito Páez en Pucón. Y me alegro que Franz Ferdinand vaya a Viña porque los veré por la tele. Y no entiendo que gente que tiene las facilidades económicas y geográficas para estar ahí, alegue. Idiotas. Si no les gusta el resto del menú, lleguen más tarde. Así de simple.

Hoy caminé dos horas. Luego me compré una ensalada césar en el Jumbo y me la comí.

Me afeité y me dijeron que represento dieciocho.

A falta de Sopranos, estoy viendo una teleserie mexicana de adolescentes que dan en el Mega como a las dos de la mañana. L.

Ayer aprendí a descapotar un jeep. Todo lo que usted debió haber aprendido en 1997.

En la calle hay mucha gente desconocida que te mira fijo. Cada vez que alguien lo hace, le digo HOLA y se frikea. Luego miro hacia atrás y cacho que él está haciendo lo mismo. En esta ciudad la gente no es amistosa. Cuando uno era chico, bastaba con decirle HOLA a alguien de tu misma edad y pum, amigos entrañables (ok, ok, eso lo dijeron en una sitcom, pero no me acuerdo cuál). Al rato le quitabas un juguete y se ponía a llorar y te sentías culpable y su mamá te retaba. Y todos aprendíamos la lección: no hay que confiar en la gente.

¿Hay una casta más detestable que los actores politiqueros que se apitutan? El joven chileno ya debería saber que, si no quedó en derecho o en la academia diplomática, teatro es la opción.

¿Hay algo más imbécil que la paridad hombres-mujeres en los ministerios? Si empezamos así, mañana hacemos paridad flacos-gordos, morenos-rubios, fumadores-nofumadores o cualquier cosa.

Ya, este blog es una mierda y como que no me importa.

martes, 24 de enero de 2006

blah

Este blog está en la UTI.

Es que dos años escribiendo cosas que a ti, querido lector, no te interesa saber, y en la mátrix, es harto.

Cuando nos acordábamos de Don Lalo y se me ocurrió googlear "don lalo temuco" y me encontré con mi viejo blog en 20sick, sospeché que algo andaba mal.

Nada es nuevo. Todo se repite y sientes que estás inmerso en un eterno deja vú. El pasado vuelve y cuando se aburre se va y luego vuelve cuando no le pediste que lo hiciera. Las cosas se te escapan de las manos y te llegan otras que no buscaste. Hay quienes dicen que tú puedes llegar a una meta x si pones tu mente en ese estado que te hace creer que nada más importa, que no hay desvíos en la carretera y el destino final es uno solo. Pero yo desconfío de lo lineal. Las líneas son demasiado cortas, insuficientes para ser entendidas como algo con principio y fin. No sé si me explico y no es mi intención que alguien piense "uf, el hueón metafísico". Sólo creo que una línea conforma cosas más complejas. Una nube es un conjunto de líneas, de las imaginarias que se pueden trazar desde una deformidad a otra, o las ínfimas que componen esa deformidad. Es como cuando le haces zoom a una foto hasta el máximo y ves sólo píxeles que no te dicen nada. Tienes que ver el millón de píxeles juntos, perdiéndose y deformándose unos a otros, para cachar qué es lo que hay. Esa es la única explicación que tengo para el asunto de por qué las cosas no pasan cuando comienzas a esperarlas y, a la inversa, las sorpresas se suceden. Y la conclusión es demoledora: hay que pensar en cualquier otra cosa para que pasen. La mente es tramposa porque no puede actuar de manera lineal, aunque los colegios y ciertas convenciones sociales la traten de forzar hacia allá. La mente toma una carretera y sabe que no basta con eso y empieza a torpedearse sola. Y lo único que tienes que hacer es sobrevolar todas las carreteras. Sólo así puedes llegar a algo parecido a un destino. Sólo así conocerás rutas nuevas. O volverás a la única que importaba. ¿Tenías un propósito? Desiste un rato. ¿Te importaba algo o alguien? Reemplaza. ¿No puedes hacer algo? Deja de hacerlo y retoma más rato. Lo contrario es hacerse zancadillas a uno mismo. Lo sano es confiar en que lo que tiene que volver, volverá. Lo nuevo que se tenga que quedar: lo mismo. Y te hará olvidar lo que se fue. Y por eso encuentras cosas tuyas googleando. Por eso estás escribiendo acá cuando, por razones que son un poco vergonzantes, hace dos semanas analizaste la posibilidad de no volver a hacerlo. Porque la mente siempre sabe el camino a casa.

lunes, 9 de enero de 2006

Wave of mutilation

Anoche me las di de escritor y escribí y escribí e incluso escribí mails que no voy a mandar y me bajé una botella entera de cola de mono porque no sólo creo que el año nuevo no ha terminado sino porque me creo Bukowski o algo peor cuando es domingo en la noche y estoy lateado. Inventé un alter ego y hoy subí el cerro para recrear una escena que se me ocurrió ayer. Miré las cuadras ordenadas del centro de Temuco, tiré un paquete vacío de papas Lays al aire, escribí tres frases en mi cuaderno y bajé, preocupado porque podía empezar a llover en cualquier minuto. Yo antes creía en dios e iba a la gruta de la virgen que está en la entrada alternativa al cerro -que es la que me gusta a mí porque en la otra hay que pagar y el sendero es feo- a pedir cosas. Unas se hicieron realidad, otras no. Yo antes creía en que había otra vida después de ésta y eso es bastante peligroso porque uno puede llegar al deplorable extremo de pensar que no importa tanto si desperdicias tus días porque total, tienes la eternidad para tirártelas encima de una nube. Y no necesitas coca cola ni ninguno de esos placeres de la vida.

Bajé corriendo hasta Caupolicán y llegué caminando al centro. Terminé metido en medio de un show de la campaña del candidato Sebastián Piñera, que era como ver Mekano. Me gustan las aglomeraciones. Habría ido a la Love Parade de haber estado en Santiago. La gente apretuja y de las ventanas de los edificios se asoman a mirar y parece que nadie tuviera nada importante que hacer. El show era derechamente una mierda. Bailaban axé con esos hits de hace cuatro veranos y la gente saltaba e incluso tomaba fotos con sus celulares. Yo miraba las caras, nomás. De hecho, era el único que miraba hacia atrás cuando todos lo hacían hacia adelante, donde estaba el escenario. Al minuto en que me empecé a encontrar con gente conocida, entendí que era la hora de largarme.

Temuco no apesta tanto, pensé mientras caminaba por San Martín en vez de por la Avenida Alemania, como de costumbre. Temuco es querible. Ok, ok, fue un lapsus. Pero lo pensé. Es que hay muchos lugares donde pasé y casi como que me sentí en la última parte de Before Sunrise, pero sin romance y con más madera y más nubes. Recuerdos idiotas, recuerdos de hace muchos años o de ahora. Si uno es lo que vivió cuando chico, demonios, estoy condenado, esta ciudad me define. Creo que nunca voy a estar del todo desunido a ella. Quizás me vuelva a los 50. Es eso o la cabaña en las colinas. Va a llegar un momento de la vida en que querré recuperar todo lo perdido y lo pendiente, y me imagino que es más saludable que sea cuando viejo. No sé. Debería hablarlo con alguien viejo. O creerlo a ciegas, nomás. Ese será el momento en el que no odiaré andar saludando ni me sacaré la cresta por bajar corriendo del cerro. Ese será el momento del té en la mañana, el diario, la asomada al balcón, la mirada hacia atrás y la toma de razón de que estoy con alguien que quiero, de que lo hice bien, de que salí ileso. Ahora, no puedo decir ni eso ni todo lo contrario. Y ya es hora. Mañana me voy a Licán y no sé cuándo vuelvo. Chao.

sábado, 31 de diciembre de 2005

End season

He escuchado cuarenta veces en las últimas veinticuatro horas la frase "qué rápido se pasó este año". Cuando chico, un año me parecía una eternidad. Terminaba un verano, empezaba a llover, había que ir al colegio y parecía que quedaba una eternidad para volver a tener días con sol y libertad. En cambio ahora es simplemente un ciclo, que sabes que se va a repetir porque uno nunca piensa que se va a morir ni nada de eso. Ahora la vida tiene que ser rápida. Es la dictadura de la rapidez. La promesa de que se pasa mejor apretando el acelerador. Yo igual soy sistémico y lo creo. La lentitud apesta. La lentitud es para cuando eres chico y todo te sorprende, o viejo y nada lo hace. Y como soy mitad chico y mitad viejo, el 2005 se me pasó lentísimo y no puedo decir la frase de marras.

Se lo comenté a mi madre y me dijo "es que no hiciste nada, por eso se te pasó lento". Pero yo creo que hice cosas. Pocas, y concentradas en el segundo semestre, pero las hice. Cosas que hace tres o dos años no habría hecho. El otro día la Coni me mandó un test -que pensé en publicar acá, pero luego me dio un ataque de pudor express y desistí- en el que tenía que poner, entre otras cosas, qué hacía yo hace diez, cinco, dos y un año. Y me costó encontrar hechos que merecieran ser contados. Es que mi vida es fome. Y esta es la parte donde debiera retroceder el cursor, sacar "es" y poner "era". Pero no estoy para ese tipo de decisiones.

Partí el año haciendo la práctica en una mugre de canal regional que nadie veía. Me tocó trabajar el primero de enero, incluso. Entré, por primera vez en mi vida, a un pabellón del Hospital Regional para sacarle la cuña a la mamá de la primera guagua del año. Así de cliché. Estuve en esas hasta mitad de mes. Exceptuando una semana en Licán, tuve las vacaciones fomes que he tenido siempre. Y chuteé la tesis hasta más no poder. Pensé en hacer un diplomado de guión en Santiago pero después saqué bien las cuentas y desistí. Y dediqué mi primer semestre a bolsearle once a Shó mientras avanzábamos a paso de tortuga en una tesis vinculada a otra investigación, cuyos integrantes nunca nos mandaban las matrices de análisis y los datos a tiempo. Dimos el examen de grado en agosto y me pareció una especie de obra de teatro, escenografía con logo universitario y mantos sagrados para la mesa incluídos, donde unos hacen de profesores examinadores malos y otros de alumnos nerviosos que triunfan en el final con moraleja. Después de dos semanas de burocracia universitaria, partí a Santiago. Primero en una esquina de la pieza de Germán con un saco de dormir y un colchón viejo, luego en una pieza para mí solo. Aprendí a cocinar arroz y tallarines, intenté ser sociable y me di cuenta que el exceso de tiempo libre es dañino. Me fue bien, pero a la vez mal. Volví por la razón que casi todos los que leen este blog saben, y que no es "jajaja, no encontró pega el loser". Y me dediqué a dibujar, a escribir, a leer blogs, a juntarme con amigos que no veía hace tiempo, a afianzar lazos con otros y a mirar tele con actitud de Al Bundy hasta ahora. Eso en resumen. Quería hacer un balance. Mis disculpas si los aburrí. No es todo, pero tampoco falta mucho. Fue un año parecido a otros en el sentido de que la vida me empujó y no yo a ella, pero distinto porque, especialmente ahora último, aprendí cosas que no sabía y que es muy patético no saber a los 23. Lo bueno es que ahora los calendarios y las fechas y las edades y los tiempos perdidos me dan lo mismo. Aunque no tanto como para no hacer un recuento a lo capítulo 138 de Los Simpson. De verdad creo que la gente se programa, conscientemente o no, cuando un año se termina y empieza otro. Aunque sea un burdo número, algo se renueva en el aire. Debe ser la suma de actitudes. Y, como sea, te influye. Y hasta me dan ganas de brindar en la noche en vez de irme a acostar refunfuñando "pero si este año va a ser la misma hueá que el viejo".

jueves, 22 de diciembre de 2005

Bendito verano

Son las 4:38 de la madrugada y no tengo una pizca de sueño, aunque me duelen los ojos como si tuviera. No queda mucha gente conectada a MSN. Mis amigos son gente decente que se levanta temprano para trabajar, estudiar o comprar regalos de Navidad para su gente. Acabo de abrir una nueva pestaña para visitar un sitio que ya se me olvidó cuál es. No alcancé a teclear la dirección. Así de mal trabaja mi mente a esta hora. Ñaño me muestra su carrete con unas suizas por webcam. Con la Daniela hablamos de lo fome que es ir a un matrimonio. Mi madre se acaba de levantar para ir al baño. Le pregunto desde acá si se siente mal, me dice que sí y le aconsejo que no vaya a trabajar mañana (en un rato más, mejor dicho), aunque probablemente crean que es una excusa para poder hacer las compras navideñas tranquilamente. Me da tan lo mismo esto de la navidad. Cuando chico la esperaba con ansias, lo que obviamente era causado por la promesa de regalos. Poco a poco se fue apagando la gracia. En todo caso, la navidad es más cool que el año nuevo. Yo siempre me deprimo los años nuevos. Empiezo a pensar en lo logrado y no logrado en el año que se va y el balance me resulta insuficiente.

En la Horizonte tocan In the morning of the magicians y me parece una canción de puta madre para terminar el día. No me gusta lo que dice, pero musicalmente me gusta mucho y es como para irse a acostar de amanecida, caminando hacia tu casa, enfundado en tus audífonos, después de haber estado con gente a la que le tienes cariño y haberlo pasado bien.

Este post como que da lo mismo.

sábado, 17 de diciembre de 2005

De mentira

Encontré un cuaderno de 1993 y estoy alucinando y este post parece que va a ser un bad cover version de un post del blog de 20six donde conté lo mismo, allá por el lejano y poco convulsionado 2004. Mi cuaderno es verde y en la primera hoja dice "Ciencias Naturales, JP, 6º Básico B". Tiene como cinco hojas de materia con mi manuscrita letra de ese entonces -de pendejo tuve la costumbre de querer retener las cosas en mi memoria y no en un soporte escrito, lo que me valió retos y malas notas en las infames "revisiones de cuaderno"-, un par de dibujos con lápiz scripto, y después dibujos míos, hechos en las vacaciones. Cuadrados, ciudades de mentira, canales de televisión de mentira con programas inventados por mí que igual eran bien basura ahora que los recuerdo, dibujos de esquinas de mentira con gente de mentira caminando por ahí, todos con vidas de mentira, las que me encargaba de relatar en no más de tres líneas insertas en un cuadradito de apoyo. Rayaba con las calles numeradas y los letreros de esquina. Mataba largas tardes de vacaciones de invierno y de verano dibujando esas cosas y creyéndome dios o algo así, con el poder de hacer desaparecer algo o alguien con una sola pasada de mi goma Factis que olía rico. Después evolucioné, o empecé a anotar la materia del colegio, y tuve que pasarme a blocks de dibujo. Eran más grandes y me permitían hacer que las cosas se movieran. Pero no me duró mucho. Como hasta los 12, máximo. De ahí quise cerrar los cuadernos y abrir la vida. Mala idea, pienso ahora. Nunca dejé que se metieran en mis cosas por miedo a que me pillaran esos cuadernos o esos blocks y no entendieran nada. O me empezaran a preguntar qué significan estas cosas tan raras. La sola idea de enfrentarme a un cuestionario de ese tipo me parecía estresante. Así que boté algunos, exilié a otros en las piezas-bodega del patio y guardé unos pocos, los más queridos, cerca pero lo suficientemente ocultos o protegidos como para no exponerlos. Se me fueron olvidando. Alguien los sacó de mi pieza, los metió en una caja y yo no me percaté. Pese a que siempre guardo todo. Tengo un cajón del mueble lleno de cuadernos: del colegio, de la universidad, comprados porque sí, casi todos de la era pre-internet, cuando tenía proto-blogs en cuadernos o en agendas que me regalaban y no sabía qué uso darles porque no tenía ningún compromiso que anotar. Hurgando ahí fue que encontré el objeto que no me dejó dormir anoche de puro entretenido que estaba. Entretenido con rabia. Rabia porque cuando chico no perdía tanto el tiempo, aunque madres, hermanas, profesores y yo mismo asegurábamos que sí. Y de tanto oír que sí fue que decidí empezar a ganar tiempo y no me di cuenta que lo estaba perdiendo más que antes. No me di cuenta hasta ahora. Ahora que veo a compañeros de colegio o de universidad yéndose a Barcelona o a Buenos Aires o adonde sea, autocomplacidos con sus títulos y sus becas, ganando plata, llenos de optimismo. Y yo sigo acá decidiendo si invento vidas en las hojas sobrantes del cuaderno de Naturales o me pongo una camisa y comienzo a cumplir con lo que todo el mundo sigue esperando de mí. Quizás debería mezclar las dos cosas. Enero promete, ciertas cosas deberían empezar a cambiar en ese momento y no puedo seguir perdiendo tiempo. Y menos creyendo ingenuamente que lo gano. O lidiando con las expectativas de gente más ingenua que yo pero que se cree aguda por quién sabe qué razón. Chao, me voy a dibujar ciudades de mentira.

lunes, 12 de diciembre de 2005

Yo boto

Creo que en todo el año no me había despertado tan temprano como ayer. El ajetreo pre-votación me impidió dormir más allá de las nueve y media. Nunca iría a votar antes de las once. Me da pánico ser forzado a ser vocal de mesa. De hecho, ayer no habría ido a votar de no ser por el pánico a las ochenta lucas de multa. Maldita democracia militarizada en la que los derechos son deberes. No sé en qué estaba pensando cuando me inscribí. Tenía 19 años, era un soleado mediodía primaveral y yo creía que las cosas que no me gustaban se podían cambiar con un voto. Con Shó hicimos cuatro horas de fila que terminaron en un achoclonamiento de cien personas en un pasillo de dos centímetros que conducía a una oficina donde una adorable y lenta viejecita llenaba los datos de toda esa juventud cívicamente consciente, de poleras coloridas y sonrisas ingenuas. En el apretujamiento todos echaban tallas fomes en vez de quejarse. Eramos una tropa de felices.

Nunca me parece que vive tanta gente en esta ciudad hasta que veo la cantidad de autos estacionados o tratando de circular por Balmaceda durante el día de las elecciones. El liceo en el que voto parece una fábrica abandonada por fuera, y un reformatorio por dentro. Me equivoqué de fila porque los letreros que indicaban la ubicación de las mesas estaban cambiados. Pero un tipo que hacía la fila me advirtió a tiempo. No entiendo por qué hombres y mujeres votan separados. ¿Cuál es la supuesta amenaza que significa mirar chicas lindas en la fila en vez de tipos feos? Me aburriría menos. Capaz que hasta sería más agradable ir a votar: le quitaría esa atmósfera de cantón de reclutamiento a los locales de votación.

En la noche caché que el resultado fue el que todo el mundo suponía y me puse a ver un programa en MTV sobre minas que se hacen cirugías o algo así. Apagué la luz temprano y me dio gusto romper con la rutina. Descubrí que me gustan los eventos aunque no sean tan relevantes como aparentan. Soy como esos supuestos ovnis que vienen a observar los fenómenos importantes que pasan en este planeta. Me gusta el movimiento y moverme un poco yo. Quizás por eso no me parece tan malo estar inscrito, aunque diga que me arrepiento y con ganas. Sé que no voy a poder cambiar mucho con una raya en un papel. Pero sí puedo botar algunas cosas. Cambiar lo que me rodea haciendo algo o dejándolo de hacer. Para bien o para mal -para bien, debería ser-. Es lo que necesito entrenar.

sábado, 10 de diciembre de 2005

I'm gonna kick tomorrow

Alojo al bueno de Jotacé. Es nuevo esto. Nunca alojo gente en mi casa. Será porque todos mis amigos viven en sus hogares temperados con padres que les compran cosas. Y se dan el lujo de quejarse, algunos. Son tipos muy adolescentes todos. Ayer JC me decía que la teenage angst es muy propia de hijos de papi. Claro, un pendejo que sabe que su destino más promisorio es ser cajero del Jumbo no puede darse el lujo de odiar a sus papás. Ocupa su tiempo y su esfuerzo en cosas más primordiales. Y de seguro va descubriendo cosas que son realmente odiosas. Y se las toma con tranquilidad porque, bueno, hay que encontrar la forma más mentalmente saludable de lidiar con ellas.

Necesito un trabajo. Mañana. Ahora. Trabajo, trabajo, trabajo, como dice el viejo chucheta de la franja política, que ojalá que gane. No tengo idea qué propone, pero digo ojalá que gane porque soy susceptible a las estrategias comunicacionales como todos. Y soy tan ocioso que me gusta ver la franja política. La de los presidentes, sí. Las otras no le importan a nadie, son fomes. A excepción del viejo Velasco, claro. A propósito de las elecciones, soy tan vendido que pensé en ofrecerme por ahí para cubrirlas mañana. Me habrían pagado máximo diez lucas, que igual es plata que no tengo. Pero tengo una razón de peso para no hacerlo. Me gusta ver las transmisiones de la tele. Todo el día. Salvo esos programas del tipo "nosotros ya votamos", que es como para rellenar a la hora que no hay despachos ni cómputos y sale Alvaro Salas o quien sea y muestra orgulloso su dedo manchado, indiscutible e inútil seña de que cumplió con su deber cívico y que tú, flojo que estás en tu casa viendo tele, deberías ir ya a hacer lo mismo. No lo digo yo, lo dicen ellos. Bueno, la cosa es que me gusta ver los cómputos previos y la gente alegando porque declararon nulo un voto que era para el candidato de ellos. Me gustan los análisis repletos de obviedades y cómo te hacen creer que está pasando algo importante cuando en realidad no es para tanto. Son cosas que hay que ver. Cuando se murió el papa o se cayeron las torres gemelas, yo pegado frente a la tele. Mañana será lo mismo. Si igual algo de periodista debo tener.

sábado, 3 de diciembre de 2005

Lucky lucky you're so lucky

Estoy enojado porque VTR cambió las frecuencias de los canales, porque la vieja de Entel no me puede tirar las veinte lucas en llamados del chip nuevo al de mi número de siempre, porque me quedé dormido mientras veía el noticiero regional y no desperté hasta ahora y no fui a carretear como el lolo que soy. Esa es la gravedad de mis problemas. Veo películas y digo qué bueno que mi vida es así de relajada, pero igual alego.

Acepto mierdas en el centro. Acepto tarjetas navideñas de un candidato presidencial con sus dieciséis hijos, flyers del concierto de la semana en la aldea -Los Llaneros o algo así-, ofertas del supermercado, calendarios de otro candidato, promos de computadores obsoletos a cincuenta lucas, etc. Me dan lata los tipos que están parados ahí, todo el día, entregando papeles que el 90% vota en el siguiente basurero, o en su defecto en plena vereda. No sé evitar verme a mí reflejado. Autorreferencia pura, como siempre. Es feo trabajar así mientras todos languetean helados y toman de la cintura a sus chicas y celebran lo bien que les fue este año en lo que sea.

Ahora mismo pienso en salir a correr. Creo que afuera hay un mínimo viento. Podría llegar a La Picá, comprarme un churrasco mayo y volver. O pasar a lo de Nerdson y Pepo y ser un ñoño metalero y vivir en 1985. No, mala idea, deben estar durmiendo como los treintañeros que son. Podría llegar hasta Holandesa y tirar piedras a la casa de Díllei y quedarme un rato en la esquina viendo como pasan las camionetas. Luego bajaría por la avenida y me detendría a tomar una cerveza mala en algún tugurio del Carrusel. O quizás entraría a alguno que no conozca. Los que antes menospreciaba y ahora me parecen más amigables y no entiendo bien por qué. Como sea. No haré nada de eso. Cuando mis planes no salen como yo quiero, me autocastigo y me encierro. Y dejo de hacer algunas cosas que deseo. Como si así fuera a aprender. Y puede que se aprenda. No lo tengo claro, esos procesos son más bien inconscientes. Me carga no aprender cosas. Soy un fucking viejo chico y es viernes en la noche y estoy escribiendo en un blog.

domingo, 27 de noviembre de 2005

Post feliz

Hoy debería hacer un post feliz. Como que después de la tormenta viene la calma and stuff. Como que nada es tan terrible, como que mi madre insistió tanto que acepté que me regalara un celular nuevo -no podía decirle que sí altiro. Cesante, pero digno-, como que el jueves fui a la casa de la Laura, a quien no veía hace tiempo, y lo pasé bien. Conocí a su esposo Galo, vimos Vincent y compartimos nuestra aversión hacia los psicólogos, entre otras cosas. Como que hay una nueva edición de disorder y hay textos míos. Uno firmado y otro que me dará pudor reconocer a los 40. Me tratan bien en la intro. Me tratan de "buen tipo". Quisiera creer que soy un buen tipo. Mis agradecimientos a Camilo por el hype.

Tengo nuevos contactos en msn (ya sé que suena mega-ñoño, pero prefiero entretenerme por msn que aburrirme en el mundo real. La declaración de principios esquizoide de la semana). Me van a prestar un cd player y espero que ése no me lo roben. Cuando sea millonario me compraré un iPod. Y andaré con mi iPod en el bolsillo derecho y mi cortaplumas en el izquierdo. Aunque no sirva de nada.

Hoy no necesito un plan maestro.

jueves, 24 de noviembre de 2005

En Temuco no pasa nada.

Me asaltaron. Por la mierda, me asaltaron.

Nunca me habían asaltado en 23 años de vida.

Lo más cerca de eso fue cuando tenía 14 y venía con Díllei (sí, el mismo del post anterior) caminando por Bulnes de vuelta del colegio, y unos tipos de nuestra misma edad pero del Lechuga se nos ponen por delante y "ya poh, unas moneas, ya ya, las parkas", pero nosotros, en un acto de valentía que hasta hoy nos sorprende, pasamos por el lado de ellos, corremos, cruzamos Rodríguez y tomamos la micro hasta nuestras casas para después reírnos del asunto. Aunque Díllei no se reía tanto. Hay ocasiones en las que uno tiene que adoptar el rol de valiente.

Pero lo de ayer fue distinto. A las ocho, ocho y media. En pleno San Martín, camino en dirección a mi casa, tal como cientos de veces. Alguien me agarra por atrás. Pienso que es un conocido haciéndome una mala broma, pero me doy cuenta que no al ver dos pendejos -porque más de dieciocho no tenían, las pequeñas escorias- delante mío, impidiéndome que escape. "Pasa la hueá", me grita el que me tiene agarrado, sacándome los audífonos de los oídos. Yo, el muy idiota, en una maniobra pseudo-instintodesupervivencia, me meto la mano en el bolsillo de la parka y desconecto los audífonos del cd player y le digo "ya, llévatelos". Eso parece que calentó más al flaite, porque me mete la mano en el bolsillo y me saca el cd player mientras los otros decían flashbackianamente "tenis monea" y uno de ellos pregunta por el celular. Y en una avenida habitualmente movida, justo en ese momento no pasa nadie. Ni una micro, ni una vieja, nada. El cielo estaba gris, como aguantándose la lluvia. Y yo me quedé ahí, parado como imbécil, sin reacción, mientras los pendejos de la concha de su madre se escapaban por un pasaje de la Millaray, felices, mirando sus nuevas adquisiciones.

Sin cd player y sin celular caminé como zombie hasta Andes. Y ahí fue cuando me tiré a la calle, sin que me importara el colectivo que venía doblando y que gastó su cuota de bocina mensual en mí. Y corrí todas esas cuadras hasta mi casa. En una pésima ironía, me encuentro con la reja cerrada con candado. Mi paranoica abuela, que cree que van a entrar ladrones con máscaras de Chino Ríos pistola en mano a robarse las tres cajas fuertes y los diez millones en joyas que hay en la casa. Con los nervios no puedo abrir el candado. Me empeloto, tiro la cadena a la puerta, cierro la reja con rabia, dejándola tiritona, entro a la casa, mi abuela alega algo, grito "para qué mierda cierras, son las ocho de la noche, las cosas pasan afuera, no adentro", alega más fuerte, grita, me callo para que no le dé un infarto y se muera y después sea culpa mía, entro a mi pieza, tiro la mochila y la parka contra la persiana, prendo la tele y dejo Los Simpson en volumen máximo. Como siempre, en esta casa no hay nadie. Nadie que me pueda ayudar. Me conecto a MSN. Me pongo de nick "me asaltaron". Me llegan quince ventanas. Respondo las de quienes me importan. Me sorprendo con la buena onda de gente que recién me viene conociendo o casi no me conoce. Alguien me sugiere que llame a los pacos. ¿Para qué? No voy a recuperar mis cosas, y a los pendejitos víctimas del capitalismo despiadado los van a mandar al hogarcito de menores, porque pobrecitos. Además los pacos son unos ineptos. De hecho, algunos sólo se diferencian de los flaites que me asaltaron por el uniforme y el ridículo gorro. Pero en fin, no es con ellos la cosa.

Qué rabia. Casi dos meses en Santiago, caminando todos los días a altas horas de la noche, y nunca me pasó nada. Y me vienen a asaltar en este pueblo de mierda al que volví porque, argh, me da lata. Me acuerdo de todas las veces que dije "pero si en Temuco nunca asaltan" o "asaltan sólo a la gente hueona". Bueno, y yo debo haber sido un poco imbécil de caminar por la Millaray en un día de lluvia y a una hora donde todo el mundo está encerrado en sus casas viendo la teleserie. Como sea. No es una excusa para dejar de salir y tratar de vivir. Anoche temía que me dé el síndrome de Marge Simpson. Como en ese capítulo cuando la asaltaban y después no quería salir de la casa y se ponía a entrenar y se volvía musculosa. Ahora tengo que ir a Entel a bloquear el celular. Pero me siento inseguro. No sé, esto debe ser lo que siente una mina católica perdiendo la virginidad. Ya nada es como antes, ya no debería caminar tan confiado por la calle, ya no debería pensar que todo el mundo es bienintencionado. Y empiezo con las recriminaciones idiotas del tipo "y si hubiera bajado por Andes en vez de por Porvenir?". "y si me hubiera quedado cinco minutos más haciendo mi experimento sociológico en el mall?", "y si de plano no hubiera salido a ningún lado?", "y si me hubiera vuelto en micro?". Es idiota, pero inevitable. Autoflagelación pura. La maldad es un virus, y si no se proyecta a otros, te la terminas proyectando a tí mismo. Y no sé cuál de las dos cosas es más insana.

miércoles, 23 de noviembre de 2005

It's evolution, baby

Muchos cercanos fueron a Pearl Jam y yo no. Me da rabia. Mañana veré ocho nicks de msn sacándole pica al resto y golpearé la mesa o algo. Estuve a punto de comprarme la entrada, como buen cesante mamón, con la CMR de mi madre. Pero este mes ha sido una seguidilla de confusiones. No es el momento para premiarme. Además, como que quiero creer que en alguna parte del camino se me quedó lo grunge. Es un poco vergonzoso: tengo amigos que creen que odiar el hip hop, Miranda, Mekano, el Texas, Lavín y todas esas cosas fáciles de odiar es tener "postura". Igual a mí me queda mi poster de carátulas de Nirvana en la pieza, mis discos de esa época -de los pocos originales que tengo- y la ira pasteurizada adolescente. Ser grunge es como tener Windows 98. Supongo que por alguna parte hay que conseguirse la actualización. O hacer de una vez el esfuerzo y comprarse el computador nuevo. Allá afuera el mundo avanza y rápido.

Hoy estuve con mi amigo Díllei. Díllei era un predicador de la música electrónica y los módems de 14.4 allá por 1997, mientras otros cantábamos Smells like teen spirit chamullando el inglés de la letra. A Díllei lo pateó su polola y me vino a decir que deberíamos salir el fin de semana, como antes. "Nada es como antes", le respondí. "Ademàs, ese antes es demasiado antes". Díllei es un nerd, como yo. No siempre tenemos tema de conversación. Es el único tipo que es mi amigo desde los cinco años. Su polola -ex, más bien- fue la primera de su vida. Y desde que lo patearon, presumo, ya no le encuentra la misma gracia a su camioneta o a su megacomputador.

- Ya te quiero ver a ti comprometido- me dijo.
- Yo cacho que antes voy a ser millonario -dije, o pensé, ya no me acuerdo.

Afuera, lluvia, lluvia y más lluvia. Cómo va uno a odiar a la primavera y a las parejas de la mano que toman helado si afuera parece Junio. Con Díllei quedamos de salir este sábado y "hay que socializar poh". ¿A qué edad los autistas se vuelven camaleones sociales, los perdedores se dejan empujar por su cohibido talento, los temerosos de Dios se reconcilian con sus perversiones y los winners de siempre se ponen guatones? El grunge nos habló mucho de la adolescencia pero no nos explicó nada de lo que venía después. Quizás por eso los sobrevivientes son una generación vacía. Quizás por eso los atinados que crecieron escuchando Backstreet Boys, Vengaboys o, qué se yo, Limp Bizkit, funcionan mejor y pasan mejor los cambios. Ya van en cuarta. Y uno, en primera tirando a retroceso. Pésima metàfora para alguien que no sabe manejar.

viernes, 18 de noviembre de 2005

Slacker

Tengo mucho tiempo libre y he leído más blogs de la cuenta. Me gustan, me gusta que todo el mundo tenga blog y ya no sea la rareza geek del mes. Leer blogs es como conocer gente en una junta en la casa de alguien, pero saltándose las partes fomes. Los anónimos son notables porque la gente escribe lo que no se atreve a decir en un almuerzo cualquiera. Yo no tengo nada de anónimo, aunque no deja de parecerme sospechosa la idea de la sobreexposición. Si llegara a ser famoso o algo así -qué demonios estoy escribiendo- no sé cómo lidiaría con eso. A lo mejor por eso tengo intolerancia al éxito y me escondo para que no me encuentre. El minuto megalómano.

Soy mejor consumidor que productor. Alguien dijo algo parecido, en un libro, no sé, no me acuerdo. Tengo destellos de producción, pero llegan a las tres de la mañana de un miércoles con sobredosis de coca cola y euforia posterior. Y así como llegan, se van. El resto del tiempo fisgoneo, miro, saco conclusiones rebuscadas, descubro patrones y me alegro, me salen cinco dudas de una y me frustro. Si hubiera sabido a los 18 lo que sé ahora. Me encontré a mí mismo pensando esa porquería de frase el otro día, arriba de una micro, subiendo una escalera mecánica hacia la nada como la de Springfield, tratando de subir el cerro y aburriéndome a la mitad o antes, da lo mismo dónde. Fue como un yunque etáreo. 70 años encima. De una. Y yo que critico al bueno de Shovete. Si de abuelos hablamos, estamos todos en la misma. Adolescentes renegados. Post-adolescentes, para hacerle más justicia al carnet de identidad. Ese que dice que ya no soy tan joven, pese a que mi cara de pendejo drogadicto sin drogas en la foto se presta para engaños. Me siento culpable de ser joven, de tenerle pánico al mercado laboral y disfrazarlo cínicamente de actitud antisistema, de haber desperdiciado el momento justo hace años y estar pagando las consecuencias ahora. Quiero comprarme camisas que no sean de empleado público, quiero aprender a ser responsable, o de transformar mi improductividad en productividad. Lo que me frena es simple: desconfío del tornado que me puede agarrar y llevar lejos, pero a un lejos que no es el que quiero. Y ya sabemos, a los tornados no se les pide por favor ni se les toca el timbre de la puerta de atrás. Te dejaron en Tanzania y no te diste cuenta hasta que ya se te olvidó el camino de regreso. Regresar, demonios, quién mierda quiere regresar, lo que queremos todos es estar en el 2020 y decir qué idiota fui el 2005, como no apuré las cosas, ahora todo es excelente pero podría serlo más aún. Es sólo ambición. De la buena. De la que no le quita nada a otro. De la que se retroalimenta de los otros. De los que valen la pena. De los que se miran y se sacan frases o gestos para anotarlos en la libreta de futuros personajes. O presentes personajes.

miércoles, 16 de noviembre de 2005

Quema tu calendario

Las mañanas son la mejor hora del día. La luz es rica, sientes que tienes todo el día por delante, en blanco, para ser llenado de éxitos. Parece que cuando chico lo pasaba bien en las mañanas. Andaba en bicicleta, acompañaba a alguien a comprar algo, qué sé yo. Pero algo tengo con las mañanas.

Pero hace como dos años que no me puedo despertar si no es muy cerca de la hora de almuerzo. A menos que tenga caña o algo muy importante que hacer. En el segundo caso, ando con cara de zombie todo el día, cabeceando en las micros, cerrando los ojos frente a cualquier persona. No sé cuándo empezó todo esto. Parece que se juntaron muchos factores: adicción a las noches en vela frente al computador, un pésimo horario universitario, pocas cosas que valgan la pena ejecutables antes de las dos de la tarde. Y ahora me resulta más fácil desayunar el almuerzo y ver cómo el día se pone de pie cuando quedan pocas horas de luz natural. Me crea la ilusión de que el día se pasa más rápido, el año se pasa más rápido, la vida se pasa más rápido, pum, tengo 60 y no me di cuenta, de haber sabido en mis años de juventud todo lo que sé ahora, carajo.

El otro día me propuse algo: agarrar un hacha y aniquilar el reloj biológico. Y olvidarme de la edad que tengo. El sábado jugué a tener 17 años, a proveerme para la noche en Edipra, a tratar mal a la cajera que le cobró luca de más a Nano, a saludar a los lolos conocidos que estaban en el local, a gritar en una pampa como en el video de 1979, a creerme en 1999, a ser buena onda, a no ponerme un cortafuegos delante de la nariz. Al otro día desperté tarde de nuevo. Me caí bien, aunque no resultó del todo. O sí, no sé. Me gustaría creer que el tiempo es relativo. Que el haberme esforzado por despertarme hoy a las 10, salir y encontrarme con lluvia no fue una casualidad. Recién fui a ver Sin City y me gustó porque, entre otras cosas, relativiza el concepto de muerte. Como que me sentí más vivo a la salida del cine. Con más -o menos, si hilamos más fino- tiempo por delante. Iba a hacer un post sobre eso, pero no pretendo ser comentarista de cine y sí necesito sacarme de la cabeza la psicosis del tiempo. Del calendario, de la edad. De los números, los malditos números. Ahora no sé qué hora es. Error: acabo de mirar hacia la esquina derecha del monitor. Es inevitable.

viernes, 11 de noviembre de 2005

Abrir historial

Messengereo.

Un ex compañero de carrera me ofrece la Diners sin costo de mantención. Le exijo que me lea la letra chica. Tengo que tener una línea de crédito en el Citi. Voy incorporando a mi universo conceptos nuevos como "línea de crédito". Me dice que la otra opción es sacar cuenta corriente. Me rehúso a hacerlo. La primera razón es obvia -no tengo un maldito ingreso- y la segunda obedece a mi afán de mantenerme fuera del sistema mientras pueda. Soy una postal. Pero una postal que quiere comprar por Amazon. Una postal snob que quiere suscribirse a revistas extranjeras ocupando LanBoxs ajenas. Prometo pensarlo.

Ñaño me dice que vayamos al mall mañana. Este pueblo está revolucionado. Me cruzo en una esquina con alguien indeseado y en vez de decirme "y cómo estái, estái trabajando", me dice "mañana se abre el mall". Ya, ya, si yo también voy a ir, especialmente si hay un Burger King. Pero guardemos las proporciones. Ir a mirar zapatillas que no puedo comprar no me parece -tan- divertido. Más divertido es mirar a la gente. Me gustan las aglomeraciones. Lo que no me gusta es ser parte de una aglomeración que va hacia ninguna parte. Con mi no-direccionalidad me basta.

Le comento a Shó que estoy viendo Pasiones y que "Pasiones es un espanto". Me pregunta que entonces por qué lo veo. Le digo que me da curiosidad lo que pasa por la cabeza de quienes ven -y van- a ese programa. "Yo sé lo que les pasa: nada", me contesta, contestatario, el único grunge que queda en el 2005. Pienso que puede tener algo de razón, pero sospecho de los oneliners. Son como el Paulo Coelho de las discusiones. El dogma, la pared de cemento que impide que pase una sola gota de aire. La verdad que te rescatará del abismo y te librará de la tentación de ver qué hay más adelante de tu nariz.

Con Felipe conversamos sobre blogs. Concluímos que hay muchos bloggers escribiendo lo que no pueden o no quieren vivir. Yo mismo preferiría contar carretes extremos y éxitos laborales en vez de esta lata. Pero hay una camada de gente -pendejos, en su mayoría- que tienen la inteligencia y los medios para vivir y para conectar -módem emocional- y no lo hacen. Yo soy un adicto a internet, me permite saciar mi ansia de info, comunicarme con quienes me importan y conseguir música y material audiovisual gratis, pero ¿de verdad alguien cree que es más entretenido mirar a un monitor -aunque sea LCD- que tirarse en el pasto, pasar a mojarse con una regadora, contarle algo a alguien y ver la cara que pone, enojarse, hacer gestos raros en medio de la calle, andar en bicicleta, lo que sea? Un buen blog puede producir el mismo efecto de una buena película o un buen libro. Uno malo pero entretenido hace que te quedes viéndolo con cara de idiota mientras comes popcorn.

Y no le quiero hacer daño a nadie. De hecho, me gustaría hacer lo que otros han hecho por mí. Los que hicieron que me gustara escribir. Quizás sea hora de terminar ciertas cosas inconclusas. Idiota: tienes miles. Pero por algo hay que empezar. Así que, por hoy, cerrar sesión.