miércoles, 30 de julio de 2008

lunes, 7 de julio de 2008

Dónde está Wall-E?


¿Qué pasa con uno cuando se conmueve más de lo prudente con una película para niños? ¿Hay algún problema con eso? Creo que Wall-E es la mejor película que he visto en lo que va del año, y lo siento un deja vú del año pasado, cuando concluí lo mismo tras ver Ratatouille, de la misma factoría.

Ambas las vi en el mismo Movieland del Portal Temuco, con la misma Coca Cola en la mano y el mismo pasaje a Santiago comprado para el día siguiente. Pero si una me provocó la urgencia de salir a destrozar Anton Egos y subirme un poco el mío, con la de ahora quise puro tener un hijo para llevarlo a verla.

Es tan rara que en los primeros quince minutos no entendí cómo se trataba de una peli de niños de distribución Disney. No pasaba nada, no había un sólo diálogo, había un planeta en ruinas, poblado sólo por un robot y una cucaracha, con edificios hechos de basura, todo teñido de un desolador color cotona de colegio. Hasta que se vuelve una historia de amor entre robots. Es en ese momento cuando te ves obligado a instalarte en tus no siempre cómodos 7 años mentales. Porque la mina robot es más grande que el miedoso y cochino de Wall-E, que no sabe hacer más que decirle su nombre y ofrecerle miles de juguetes y mostrarle Hello Dolly para entretenerla. Tal como cuando uno le tiraba el pelo o le escondía el estuche a la niña que le gustaba -que casi siempre era alta- o le hablaba del álbum de Robotech porque qué otra cosa iba a hacer, porque qué otra cosa hace uno el resto de la vida.

Lo increíble de casi todas las historias Pixar es que no paran de enrostrarte que, tengas la edad que tengas, siempre tienes 7 años en alguna zona de tu cabeza. Claro, si están diseñadas para que los papás no se aburran cuando llevan a los pendejos al cine. Y de paso te recuerdan qué es lo que importa. Y no me refiero al discurso anti-corporativo medio facilón. Importa tomarle la mano a alguien y ver películas donde gente con vestidos ridículos baile estúpidamente y no olvidarse que, en ocasiones, el ridículo lleva a la gloria.

Justamente por eso me gustan tanto las películas para pendejos y tantas otras cosas dudosas. Por el ridículo implícito. No creo en los que le restan ridículo al ridículo, limpiándolo, para normalizarlo: si la gracia es cruzar uno la línea y quedarse un rato allá.

Y el panorama se completa porque tengo una debilidad por las películas end-times. De las últimas, la maravillosamente basura Cloverfield, con su mezcla de monstruos no vistos, ondismo con vista a Central Park y música-indie-buena (MIB) me dejó más helado que cualquier película que se precie de ser seria. Entonces: mamonería más apocaliptismo, es la ecuación de un jotapé maravillado.

PD 1: Totis me dijo que en 32 días más se acaba el mundo porque activarán un acelerador de partículas que creará un hoyo negro por donde nos vamos a deshacer todos. O algo así. Aunque no sea cierto -una pena, sería exquisito tener 32 días de no medir consecuencias de mis actos-, todo esto no puede ser tan cósmico.

PD 2: Por cierto: la película es tan  que no puedo no mencionarlo como un tercer elemento de la ecuación. Wall-E bootea igual que mi iBook! Y Eva es como un iPod humano de vigesimocuarta generación y dan ganas de morderle la manzana, aunque se parezca un poco a Felipito, el robot amigo de Bastián Bodenhofer en Trampas y Caretas, del que me parece inconcebible que no haya nada en YouTube.